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Jubilarse: empezar otra etapa

Esperar y tener esperanza · 5 min de lectura · Publicado el 6 de noviembre de 2026

Durante años has ido contando lo que faltaba: cinco años, dos, unos meses. Y de pronto llega el lunes en que no suena el despertador. Para unas personas es un alivio; para otras, un vacío que no esperaban. Para muchas, las dos cosas en la misma semana.

Un cambio que se ve venir y aun así sorprende

La jubilación es uno de los pocos cambios grandes de la vida que llegan con fecha. Aun así, pasar de un día con horario, compañeros y tareas a un día entero por llenar puede resultar brusco. Cambia el tiempo, cambia la casa y cambia lo que respondes cuando te preguntan a qué te dedicas.

En los años setenta, el gerontólogo estadounidense Robert Atchley describió la jubilación como un recorrido por fases: una de luna de miel, en la que se disfruta del tiempo libre; otra de desencanto, cuando la novedad se pasa; una de reorientación, en la que se buscan nuevos rumbos; y otra de estabilidad, cuando se encuentra una rutina propia.

Es una descripción útil, pero no una ley. Se pensó sobre una vida laboral típica de hombre, con un empleo a jornada completa hasta el último día, y deja fuera muchas otras trayectorias.

El primer año y los siguientes

En 1985, David Ekerdt y su equipo compararon a 293 hombres jubilados en Estados Unidos según el tiempo que llevaban sin trabajar. Los que estaban en sus primeros seis meses se sentían más satisfechos con su vida y miraban más al futuro. Los que llevaban entre trece y dieciocho meses estaban algo peor. Los autores lo interpretaron como un bajón pasajero durante el segundo año, después del entusiasmo inicial, aunque comparaban a personas distintas y no a las mismas a lo largo del tiempo.

En 2007, el psicólogo Mo Wang siguió durante varios años a dos grupos de unos mil jubilados estadounidenses cada uno, y encontró que no hay una única manera de vivir la jubilación. Alrededor de siete de cada diez apenas notaron cambios en su bienestar. En torno a una de cada cuatro pasó una mala temporada al principio y después se recuperó. Y un grupo pequeño mejoró, sobre todo personas que dejaban trabajos muy estresantes.

La transición resultó más difícil para quienes tenían problemas de salud o se jubilaban antes de lo previsto, y más llevadera para quienes la habían preparado o seguían con algún trabajo parcial.

Lo que se echa de menos del trabajo

Un equipo de investigadores de los Países Bajos, con Marleen Damman, Kène Henkens y Matthijs Kalmijn, preguntó a unos mil jubilados neerlandeses qué añoraban del trabajo. Lo que más echaban en falta era el trato con los compañeros, por delante del dinero. Lo que menos, el estatus o la posición.

También vieron que quienes se habían jubilado por decisión propia tenían menos dificultades en todos los aspectos, y que quienes vivían sin pareja después de un divorcio echaban más de menos el contacto con la gente.

Es una pista para preparar este paso: además de hacer cuentas, merece la pena pensar con quién vas a hablar cada día cuando ya no estén los compañeros. Si notas que la falta de trato empieza a pesar, puede servirte leer sobre la soledad no deseada y lo que ayuda con ella.

Seguir siendo quien eras, de otra manera

Años después de describir las fases, en 1989, Atchley propuso lo que llamó teoría de la continuidad. Según esta idea, al hacernos mayores tendemos a conservar lo que nos define, nuestras costumbres, nuestras aficiones, nuestra manera de estar con los demás, y a adaptarlo a las circunstancias nuevas en lugar de empezar de cero.

Eso quita presión. Jubilarse no obliga a reinventarse. Quien disfrutaba enseñando puede seguir enseñando de otra forma, y quien organizaba las comidas del trabajo puede seguir siendo quien junta a la gente. A veces lo que se busca no es una actividad nueva, sino la parte de uno mismo que el trabajo permitía y que no se quiere perder.

Dos en casa todo el día

La jubilación también cambia la pareja. Pasar de verse por las tardes a compartir el día entero pide reajustes: espacios propios, el reparto de la casa, planes juntos y planes por separado.

Hay datos que animan. Katie Genadek, Sarah Flood y Phyllis Moen analizaron cómo empleaban cada hora del día más de veintiséis mil estadounidenses de 50 a 79 años, y en un estudio publicado en 2019 encontraron que se sentían más felices y menos estresados en los ratos que pasaban con su pareja.

Ayuda hablarlo antes: qué espera cada uno de esta etapa, qué queréis hacer juntos y qué quiere conservar cada cual por su cuenta. Si uno de los dos se jubila antes que el otro, también conviene hablar de cómo cambia el reparto de las tareas.

Preguntas en lugar de recetas

No hay una manera correcta de jubilarse. Hay quien llena la agenda la primera semana y quien necesita meses sin hacer nada. Estas preguntas pueden servir para orientarte sin convertir el tiempo libre en otra obligación:

Si llega el bajón del que hablaban los estudios, no significa que te hayas equivocado. En ellos, ese bajón solía ser pasajero. Para pensar con calma qué quieres que llene tus días, puede ayudarte la idea de encontrar sentido cuando todo cambia.

Cuando el ánimo no levanta

Si pasan las semanas y sigues sin ganas de nada, duermes mal o te cuesta salir de casa, pide cita con tu médico de cabecera. Un cambio tan grande puede remover más de lo que parece, y pedir ayuda a tiempo es una buena decisión. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.

El primer lunes sin despertador

Esta etapa empieza con una despedida y con muchas preguntas. En Un universo compartido puedes dar las gracias por los años de trabajo con «Lo que agradezco», o escribir con «Lo que espero» qué te gustaría que trajera lo que viene. Las dos cosas caben en una estrella.

Fuentes

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