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Cuando muere tu pareja

Recordar a quien ya no está · 6 min de lectura · Publicado el 28 de octubre de 2026

Pones dos tazas sin pensarlo. Te giras para comentar algo que sale en las noticias y no hay nadie en el sofá. Durante años, muchas cosas del día se hacían entre dos, y ahora cada una de ellas recuerda que falta alguien.

Se pierde más que una persona

Con la pareja se va quien compartía tu casa, tu cama y tus horarios, y también el testigo de tu vida: la persona que se acordaba de lo mismo que tú. Se van los planes que teníais para dentro de unos años, el reparto de tareas que se había ido haciendo sin hablarlo, la manera en que os veían los demás. Cambia hasta la palabra con la que te nombran.

El escritor C. S. Lewis, que perdió a su mujer, Joy Davidman, en 1960, empezó el cuaderno donde fue anotando su duelo diciendo que nadie le había avisado de que la pena se parecía tanto al miedo: la inquietud, el nudo en el estómago, la sensación de que algo invisible se interponía entre él y el mundo. Publicó esas notas al año siguiente, con otro nombre, en un libro breve que en español se conoce como «Una pena en observación».

La casa vacía

Para muchas personas, los peores ratos son las tardes, las noches y los fines de semana, cuando no hay trámites ni visitas. A unas les cuesta entrar en casa; a otras, salir de ella.

La escritora Joan Didion perdió a su marido de forma repentina a finales de 2003 y contó ese año en «El año del pensamiento mágico». Explicó, por ejemplo, que no era capaz de dar sus zapatos porque una parte de ella pensaba que los necesitaría cuando volviera. No había perdido la razón: la mente tarda mucho más que los ojos en aceptar una ausencia. Por eso no corre prisa decidir qué hacer con sus cosas, y por eso tantas personas siguen sintiendo cerca a quien se fue.

Los papeles llegan cuando menos fuerzas hay

Justo en las semanas en que cuesta concentrarse llegan los trámites: el certificado de defunción, el banco, la pensión de viudedad, la herencia, los recibos que estaban a su nombre. Si era tu pareja quien se ocupaba de esas cosas, la sensación de no saber por dónde empezar se suma a la pena.

El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos aconseja, si se puede elegir, aplazar las grandes decisiones, como vender la casa o dejar el trabajo, hasta sentirse mejor. En los primeros meses del duelo cuesta pensar con claridad, y un cambio precipitado puede sumar una pérdida más.

El «efecto viudedad», contado con calma

Los estudios sobre la viudedad llevan tiempo observando que la salud de quien enviuda se resiente en los años siguientes. En 2008, el sociólogo Felix Elwert, de la Universidad de Wisconsin, y el médico y sociólogo Nicholas Christakis, de la Universidad de Harvard, lo estudiaron con los datos de 373.189 matrimonios estadounidenses de entre 67 y 98 años, seguidos de 1993 a 2002. Tras la muerte de la pareja, el riesgo de morir en los años siguientes era algo mayor que el de quienes seguían casados: un 18 % más en los hombres y un 16 % más en las mujeres.

Conviene entender bien qué significa. Es una media de cientos de miles de personas, no un pronóstico sobre ti. Los propios autores lo relacionan en parte con la pérdida de apoyo y de compañía, y el aumento era mayor en las muertes por enfermedades que piden cuidados de cada día, como la diabetes. Con la pareja se va a menudo quien recordaba las pastillas, cocinaba, insistía en ir al médico o daba una razón para levantarse a la misma hora.

Por eso cuidarte ahora tiene tanto sentido. Ir a tus revisiones, comer a tus horas, salir a caminar y dejar que otros estén pendientes de ti es una manera de cuidarte como quizá te cuidaba quien ya no está.

La soledad de después

Las primeras semanas suele haber gente: llamadas, visitas, comida en la nevera. Luego cada uno vuelve a su vida, y es entonces cuando la soledad se nota de verdad. A veces se pierden también los amigos de pareja, las cenas a cuatro, las invitaciones que llegaban para los dos.

Si la soledad se está quedando a vivir contigo, en La soledad no deseada hay más ideas.

Volver a vivir, a tu manera

No hay un momento correcto para volver a salir, para viajar, para cambiar los muebles o para conocer a alguien. La socióloga Deborah Carr estudió en 2004 a viudos y viudas mayores de Estados Unidos y vio que, a los seis meses, los hombres mostraban más interés que las mujeres por volver a casarse algún día, pero solo los que tenían un apoyo de sus amigos bajo o normal; los que se sentían muy arropados por sus amistades no se diferenciaban de ellas. El deseo de una nueva relación tenía mucho que ver con la compañía que faltaba, y no decía nada de cuánto se había querido a quien murió.

Hay quien encuentra otra pareja y quien no la busca nunca, y las dos son maneras legítimas de seguir. Lo mismo vale para los gestos pequeños: quitarte o no la alianza, dormir en su lado de la cama, aprender a hacer lo que hacía el otro. Lo importante es que lo decidas tú, a tu ritmo.

Si con los meses el dolor no afloja y no te deja vivir, coméntalo con tu médico. Y si en algún momento piensas que no quieres seguir sin esa persona, habla hoy con alguien. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.

Esta noche

Hay cosas que le contarías al acabar el día a quien compartía tu vida. Puedes escribirlas en Un universo compartido, en una estrella «Por alguien que ya no está», sin su nombre ni el tuyo. No habrá respuesta, pero puede haber compañía: un toque, un consuelo de alguien que no conoces.

Fuentes

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