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Qué es la resiliencia de verdad

Esperar y tener esperanza · 5 min de lectura · Publicado el 25 de octubre de 2026

La palabra resiliencia está en todas partes, y a veces se usa como si fuera una obligación de ser duro. Lo que han encontrado quienes la estudian es bastante más amable.

De los materiales a las personas

Resiliencia viene del latín «resilire», que quiere decir rebotar, volver de un salto. En física designa la capacidad de un material para recuperar su forma tras una fuerza que lo deforma. Desde los años sesenta, la psicología empezó a usarla para hablar de quienes salen adelante después de algo muy difícil.

Hoy aparece en anuncios, discursos y libros de autoayuda, muchas veces con un sentido que los investigadores no reconocen: no venirse abajo nunca, no necesitar a nadie, sacar algo bueno de todo. Tampoco es lo mismo que el crecimiento después de un golpe. Ser resiliente no exige salir cambiado ni mejorado; basta con poder seguir con la vida, con pena, sin hundirse del todo.

Más común de lo que se creía

En 2004, el psicólogo George Bonanno, de la Universidad de Columbia en Nueva York, publicó un artículo muy influyente. Hasta entonces, muchos especialistas en duelo y trauma veían con sospecha a quien no se derrumbaba tras una pérdida: o era algo raro, o era una señal de que negaba el dolor. Bonanno reunió datos que decían otra cosa. Mantenerse en pie es más común de lo que se creía, y es distinto de recuperarse poco a poco.

Uno de sus estudios más conocidos contó con 205 personas mayores que habían perdido a su pareja. Lo especial es que se las había entrevistado años antes de la muerte, y después a los seis y a los dieciocho meses. Casi la mitad, el 46 %, mostró un patrón resiliente: su ánimo apenas se resintió. No eran personas frías ni distantes. Antes de la pérdida no eran menos cálidas ni menos apegadas que quienes después tuvieron un duelo largo, y también ellas tuvieron algo de pena y añoranza. El dolor no les impidió seguir viviendo.

En 2018, Bonanno y dos colegas revisaron 54 estudios sobre personas que habían pasado por situaciones muy duras. De media, unas dos de cada tres siguieron el camino resiliente; alrededor de una de cada cinco se recuperó con el tiempo; y una de cada diez siguió mal mucho tiempo.

Unas cifras que se discuten

No todos los investigadores están de acuerdo con esos porcentajes. En 2016, Frank Infurna y Suniya Luthar, de la Universidad Estatal de Arizona, analizaron una encuesta alemana que sigue a las mismas personas desde 1984. Con otra manera de hacer los cálculos, vieron que tras quedarse viudo, divorciarse o perder el empleo lo habitual era un bajón claro del bienestar, que podía durar varios años.

Bonanno y su equipo respondieron, y el debate sigue abierto: el resultado cambia mucho según qué se mide y cómo. Para quien está pasando por algo difícil, la conclusión práctica es más sencilla. Si tardas más que otros, no te pasa nada raro. Hay muchas maneras de atravesar una pérdida y ninguna es un examen.

La «magia ordinaria» de Ann Masten

Ann Masten, de la Universidad de Minnesota, dedicó décadas a estudiar a niños y jóvenes que crecían en medio de muchas dificultades. En 2001 resumió lo aprendido en un artículo cuyo título se ha hecho famoso: «Ordinary magic», magia ordinaria. Lo que más le sorprendía era lo corriente que resulta la resiliencia. No nace de dones excepcionales, sino de capacidades de adaptación que casi todos tenemos, y el mayor peligro es lo que las daña.

En la lista de lo que más protege, según Masten, aparecen cosas muy de cada día:

Por eso Masten insiste en que no es un rasgo que se tiene o no se tiene. Es una capacidad que cambia, porque cambia todo lo que la sostiene.

Cuatro malentendidos

Quien se derrumba no es menos fuerte que quien aguanta. Puede que haya recibido un peso mayor o que tenga menos apoyos alrededor.

Flexibilidad mejor que dureza

En trabajos más recientes, Bonanno sostiene que lo que más ayuda no es una forma fija de afrontar las cosas, sino poder cambiar de forma según lo que pide cada momento. Junto a Charles Burton lo describió en tres pasos, que se pueden convertir en preguntas sencillas:

A veces lo que toca es hablar de lo que pasó; otras, no pensar en ello durante un rato. Ninguna de las dos es mejor siempre.

Cuando no se pasa

Una parte de las personas sigue mal mucho tiempo después de un golpe. No es falta de fuerza ni de voluntad. Si pasan los meses y la tristeza, el miedo o el insomnio no aflojan, o te impiden hacer tu vida, conviene hablarlo con tu médico. Pedir ayuda también forma parte de salir adelante. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.

Lo primero, las personas

En la lista de Masten, lo primero eran las personas. En Un universo compartido puedes encender una estrella con «Lo que me pesa» o «Lo que espero» y recibir un poco de esa compañía, de gente que no sabe quién eres.

Fuentes

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