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Lo que depende de ti y lo que no

Esperar y tener esperanza · 4 min de lectura · Publicado el 18 de octubre de 2026

Distinguir lo que depende de ti de lo que no ayuda a poner las fuerzas donde sirven: actuar en lo que está en tu mano, hacer tu parte en lo que solo depende en parte y aceptar, mejor con compañía, lo que no puedes cambiar. Hay quien siente que su vida la deciden los demás, la suerte o las circunstancias. Y hay quien se echa a la espalda hasta lo que no está en su mano. Las dos cosas cansan.

Dentro o fuera

En 1966, el psicólogo Julian Rotter publicó un trabajo sobre lo que llamó el lugar de control: las personas nos diferenciamos en dónde creemos que está el control de lo que nos pasa. Unas sienten que depende sobre todo de lo que hacen; otras, de la suerte, del destino o de fuerzas que no pueden prever.

Una revisión de 2021 resume décadas de estudios: sentir que los propios actos influyen se asocia, en terrenos muy distintos, a resultados más favorables y más saludables. Y otra revisión publicada en 2026 sobre la pandemia encontró que quienes sentían que el control estaba fuera, y que tenían poca sensación de control, mostraban más ansiedad y más tristeza. Son estudios de observación: muestran que van juntas, no que una cosa cause la otra.

Pero no todo depende de ti

Creer que todo está en tus manos tiene su propia trampa: lleva a culparse de una enfermedad, de un despido o de lo que decide otra persona. Lo que ayuda no es creer que lo controlas todo, sino acertar al separar.

Y a veces ocurre al revés: después de mucho tiempo sintiendo que nada cambia, cuesta ver lo que sí está en tu mano. Por eso merece la pena revisar de vez en cuando, con calma, qué depende de ti y qué no, porque la respuesta cambia con las circunstancias.

Esa culpa por lo que no dependía de ti pesa mucho y se parece a la vergüenza. Si te reconoces ahí, quizá te sirva el artículo sobre la culpa y la vergüenza.

Tres montones

Sirve repartir lo que te preocupa en tres:

En el primero, actúa. En el segundo, haz tu parte y suelta el resultado. El tercero no se resuelve: se acompaña.

Cómo hacerlo en la práctica

Puedes coger una hoja, escribir todo lo que te preocupa ahora mismo y poner al lado de cada cosa un 1, un 2 o un 3. Después, elige una sola acción pequeña del primer montón para hoy o mañana: una llamada, un correo, una cita.

Del segundo montón, escribe qué parte es tuya y hasta dónde llega. Preparar bien la entrevista es tuyo; lo que decidan, no. Cuidarte es tuyo; el resultado de una prueba médica, no.

El tercer montón suele ser el que más pesa, porque no se puede hacer nada con él. Ahí ayuda más hablarlo con alguien, ponerle palabras o dejarlo por escrito que darle vueltas a solucionarlo.

Cuando no saber pesa

Muchas veces lo que más cuesta no es lo que no controlamos, sino no saber cómo va a terminar. Si es tu caso, hay un artículo entero sobre cómo vivir con la incertidumbre.

Hacer algo pequeño del primer montón puede devolverte un poco de sensación de control, aunque lo grande siga sin resolverse. La revisión sobre la pandemia, de hecho, propone buscar formas de aumentar esa sensación de control como parte del cuidado.

Cuándo pedir ayuda

Si llevas tiempo sintiendo que nada de lo que hagas cambia nada, si eso te quita las ganas de levantarte o viene con una tristeza que no se va, merece la pena hablarlo con tu médico de cabecera o con un psicólogo. Esa sensación se puede trabajar, y no hace falta llevarla sin ayuda.

Lo que no depende de ti, en una estrella

Para ese tercer montón está Un universo compartido. Puedes encender una estrella con «Lo que espero» y dejar ahí lo que ya no está en tu mano, sin nombres y sin que nadie sepa quién eres. Otras personas la acompañarán contigo.

Tu estrella brillará siete días, y si quieres que siga, puedes volver y mantenerla encendida otros siete.

Fuentes

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