Un universo compartido › Blog › Agradecer sin saber muy bien a quién · English
Cuando sientes gratitud y no sabes a quién dirigirla, puedes expresarla igual: escribirla, contársela a alguien o devolverla en forma de gesto hacia otra persona. Hay alegrías que no sabemos a quién agradecer: que una prueba haya salido bien, que un hijo haya nacido sano, que después de un año difícil por fin respiremos. La gratitud aparece, pero no tiene un destinatario claro.
El psicólogo Robert Emmons, uno de los que más la han estudiado, la describe como darse cuenta de que algo bueno ha llegado a nuestra vida y de que, en parte, viene de fuera de nosotros. A veces ese «fuera» es una persona. Otras veces es la vida, la suerte, el azar o lo que cada uno crea.
Emmons, profesor de la Universidad de California en Davis, lo explica en un artículo para el centro Greater Good de la Universidad de California en Berkeley. Distingue dos partes: reconocer que en la vida hay cosas buenas, sin negar que también hay problemas, y ver que el origen de esas cosas buenas está fuera de nosotros: en otras personas o, para quien tiene una mirada espiritual, en algo más grande.
Emmons la llama también una emoción social, que refuerza los lazos. Incluso cuando no sabemos a quién agradecer, la gratitud nos recuerda algo sencillo: que no hemos llegado hasta aquí por nuestra cuenta, que algo o alguien nos ha sostenido.
En los primeros estudios sobre la gratitud, cuando se pedía a la gente que anotara por qué estaba agradecida, no todo tenía un destinatario. En el trabajo de Emmons y Michael McCullough de 2003, entre las cosas que escribieron los participantes había frases como «haberme despertado esta mañana», «la generosidad de mis amigos» o «a Dios, por darme determinación».
Unas apuntan a alguien concreto; otras, a la vida entera. Las dos son gratitud, y las dos se pueden expresar.
Sentir gratitud ya es bueno. Ponerla en palabras ayuda a que no pase de largo y a recordarla después. Por eso los ejercicios de gratitud piden escribir, contar o decir en voz alta lo que agradecemos.
Si quieres hacerlo con regularidad, en cómo llevar un diario de gratitud encontrarás qué se sabe sobre la frecuencia y la forma de escribirlo, para que no se convierta en rutina.
Hay una manera de agradecer que no necesita saber a quién: hacer el bien a otra persona. En el mismo estudio de 2003, quienes anotaban cada día lo que agradecían contaron más a menudo que habían ayudado a alguien con un problema o le habían dado apoyo. En ese estudio, la gratitud parecía empujar a mirar hacia los demás.
Si te apetece darle esa forma, en actos de bondad hay ideas sencillas para empezar.
A veces la gratitud llega junto a otras emociones. Quien sale de una enfermedad puede sentir alivio y, a la vez, miedo a que vuelva; quien agradece haber llegado hasta aquí puede seguir echando de menos a alguien. No hace falta elegir. Como dice Emmons, agradecer no consiste en negar lo difícil.
Puede pasar también con quien ya no está: agradecer lo que esa persona te dio mientras echas de menos que siga aquí. Esa gratitud, mezclada con pena, es una forma de seguir unido a ella, y tiene su sitio en «Por alguien que ya no está».
Y hay momentos en que la gratitud no tiene una causa concreta: aparece ante el mar, una noche estrellada o una puesta de sol. De esa emoción se habla en el asombro.
En Un universo compartido puedes elegir «Lo que agradezco» y contarlo, sin decir quién eres. Tu gratitud no necesita un destinatario: brillará en el universo y otras personas se alegrarán contigo.