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El asombro: mirar el cielo y sentirse pequeño

Agradecer y alegrarse · 4 min de lectura · Publicado el 1 de octubre de 2026, revisado el 8 de octubre de 2026

Mirar un cielo lleno de estrellas nos hace bien porque despierta el asombro, la emoción que sentimos ante algo tan grande que no acabamos de entender. Los estudios del psicólogo Dacher Keltner y su equipo, en la Universidad de California en Berkeley, han visto que el asombro hace que el propio yo ocupe menos sitio y nos vuelve más generosos. Un cielo así, una tormenta en el mar, una música que pone la piel de gallina: hay momentos en que algo nos supera y nos deja sin palabras.

Qué es el asombro

En 2003, Dacher Keltner y Jonathan Haidt publicaron un trabajo que intentaba poner orden en esta emoción, a la que llamaron moral, espiritual y estética. La describieron como lo que sentimos ante algo inmenso, tan grande que no cabe en nuestra manera habitual de entender el mundo y nos obliga a hacerle sitio.

No hace falta que sea bonito: también asombra lo que sobrecoge. Y no solo lo despierta la naturaleza. Puede hacerlo una obra de arte, una idea que nos abre la cabeza o algo admirable que hace otra persona.

El «yo pequeño»

Keltner habla de un «yo pequeño»: por un rato, dejamos de ser el centro. En seis estudios publicados en 2017, con más de dos mil participantes de culturas individualistas y colectivistas, su equipo vio que el asombro, en la vida diaria, al aire libre o en el laboratorio, hacía que las personas se sintieran más pequeñas, algo que no ocurría con otras emociones agradables. Esa sensación las llevaba a sentirse más parte de un grupo y a implicarse más en él.

No es un sentirse pequeño triste. Es más bien un descanso del propio ombligo: lo que nos preocupa sigue ahí, pero deja de ocuparlo todo.

Lo que nos hace

En otro trabajo, de 2015, Paul Piff, Keltner y sus colegas hicieron cinco estudios con más de dos mil personas. Quienes sienten asombro con más frecuencia se mostraron más generosos, y provocar asombro hacía que la gente tomara decisiones más éticas y compartiera más. En uno de los estudios, hecho al aire libre, quienes pasaron un rato entre árboles altísimos ayudaron más a otra persona y se sintieron menos con derecho a todo.

En los dos trabajos, parte de ese efecto se explicaba por el «yo pequeño». Cuando uno deja de sentirse el centro, le resulta más fácil fijarse en los demás.

Un paseo a la semana

Un equipo de investigadores, con Keltner entre los autores, pidió a sesenta personas mayores que dieran un paseo de quince minutos a la semana durante ocho semanas. A la mitad le explicaron cómo buscar asombro: ir, si podían, a un sitio nuevo cada vez y fijarse en lo grande y en lo nuevo, con ojos de sorpresa. Los resultados están en este estudio, publicado en 2022.

Quienes paseaban buscando asombro fueron apareciendo cada vez más pequeños en las fotos que se hacían a sí mismos, y con sonrisas más amplias. Contaron más alegría y más emociones que acercan a los demás, también fuera de los paseos, y su malestar diario bajó más que en el otro grupo. La ansiedad y la depresión, en cambio, no cambiaron en ninguno de los dos grupos: el asombro da un respiro, pero no es un tratamiento.

Dónde encontrarlo

No hace falta ir muy lejos. Basta con mirar despacio lo que suele pasarnos inadvertido.

Si te gusta detenerte en lo bueno cuando ocurre, en saborear los buenos momentos encontrarás más ideas para que no se escape.

Lo que conviene no esperar

Estos estudios son prometedores, pero casi todos son breves y con grupos pequeños, y los efectos que encuentran son modestos. El asombro no arregla una mala racha ni sustituye a nadie. Si llevas tiempo con el ánimo por los suelos, lo que más ayuda es hablarlo con tu médico de cabecera o con un psicólogo.

Tampoco hace falta forzarlo. Hay días en que el cielo está ahí y no despierta nada, y no pasa nada por eso.

Un universo para asombrarse

Mirar las estrellas de Un universo compartido y pensar que detrás de cada una hay una persona con su historia también es una forma de asombro. Y leer lo que otros se dicen para acompañarse, todavía más.

Si algo te ha dejado sin palabras, puedes encender una estrella con «Lo que agradezco» y contarlo en pocas líneas, sin decir quién eres. Brillará siete días y otras personas podrán acompañarla.

Fuentes

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