Un universo compartido › Blog › Qué hacer con la rabia · English
«Sácalo, que si no te lo comes por dentro». Es uno de los consejos más repetidos cuando alguien está furioso: gritar, dar un portazo, pegarle a un cojín. Suena lógico. La investigación, sin embargo, dice que funciona al revés de lo que parece.
Detrás de ese consejo hay una imagen muy extendida: la rabia sería como el vapor de una olla, que si no se suelta acaba explotando. Esa descarga tiene nombre, catarsis, una palabra griega que significa purificación o limpieza. A finales del siglo XIX, los médicos Josef Breuer y Sigmund Freud la usaron para un método en el que sus pacientes expresaban emociones y recuerdos guardados. Desde entonces, la idea de que desahogarse limpia por dentro se ha repetido tanto que parece de sentido común.
En 2002, el psicólogo Brad Bushman, entonces en la Universidad Estatal de Iowa, lo puso a prueba. Primero provocó un enfado a un grupo de voluntarios en el laboratorio. Después, a unos les dio un saco de boxeo y les pidió que, mientras golpeaban, pensaran en la persona que les había enfadado. Otros golpearon el saco pensando en ponerse en forma. Un tercer grupo no golpeó nada.
Los que golpearon pensando en quien les había enfadado fueron los que más rabia sentían después, y también los más agresivos cuando tuvieron ocasión de molestar a esa persona con ruidos fuertes. Quienes no hicieron nada fueron los menos agresivos. Desahogarse a golpes no apagó la rabia: la avivó.
En 2024, Sophie Kjærvik y el propio Bushman, desde la Universidad Estatal de Ohio, reunieron 154 estudios con más de diez mil personas. Las actividades que calman el cuerpo, como respirar hondo y despacio, la atención plena o la meditación, redujeron la rabia y la agresividad. Las que lo aceleran, como golpear un saco, correr o ir en bicicleta, en conjunto no la redujeron. Salir a correr puede sentarte muy bien por muchas razones, pero no parece la mejor manera de bajar un enfado.
Que desahogarse no sirva no quiere decir que la rabia sea mala. Es una emoción tan humana como la tristeza o el miedo, y avisa de algo. Un equipo de la Universidad de California en Santa Bárbara, en el que estaban Aaron Sell, Leda Cosmides y John Tooby, estudió qué la enciende en seis culturas muy distintas, desde Estados Unidos o la India hasta el pueblo shuar, en la Amazonía ecuatoriana. Según su explicación, que pusieron a prueba en todas ellas, la rabia salta cuando sentimos que alguien no ha tenido en cuenta nuestro bienestar, que nos ha tratado como si importáramos poco. Y sirve para reclamar un trato mejor.
Hace más de dos mil años, Aristóteles ya escribió en la «Ética a Nicómaco» que enfadarse es fácil, y que lo difícil es hacerlo con quien corresponde, en la medida justa, en el momento oportuno, por el motivo adecuado y de la forma debida. No pedía dejar de sentir rabia, sino saber qué hacer con ella.
Por eso ayuda preguntarse, cuando baje el primer calor, qué es lo que te ha dolido: una injusticia, una falta de respeto, que no te hayan tenido en cuenta, un límite que alguien ha cruzado. Ponerle nombre a eso es el primer paso para hacer algo útil con ello.
En los primeros minutos, lo que más ayuda es dejar que el cuerpo baje:
Cuando el cuerpo ya ha bajado, la rabia puede convertirse en algo útil: una conversación, un límite, una queja bien hecha. Ayuda hablar de lo que pasó y de cómo te sentiste, en vez de atacar a la persona: «Cuando anulaste el plan a última hora me sentí poco importante» se escucha mejor que «Siempre haces lo mismo».
También ayuda contárselo a alguien que no esté metido en el asunto y que sepa escuchar sin avivarlo. No para repetir la ofensa, que vuelve a encenderla, sino para mirarla con otros ojos. Y a veces, después de hablar, llega el momento de pedir perdón o de perdonar.
Conviene hablarlo con tu médico si te cuesta controlar la rabia aunque lo intentes, si te lleva a gritar, romper cosas o hacer daño, o si viene junto con estrés, ansiedad o tristeza que duran más de dos semanas. Existen programas para aprender a manejarla, que combinan acompañamiento y técnicas de la terapia cognitivo-conductual.
Y si la rabia que te preocupa es la de otra persona y te da miedo, también mereces ayuda, y puedes pedirla. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Una estrella con «Lo que me pesa» no deja sitio para repasar la ofensa con todo detalle, y eso ayuda: obliga a decir lo que dolió. Quien la lea no te juzgará; te dejará unas palabras de consuelo.