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Por qué la música nos emociona

Agradecer y alegrarse · 5 min de lectura · Publicado el 24 de octubre de 2026

Empieza a sonar una canción y, en un momento concreto, se te eriza la piel. Siempre en el mismo sitio: un cambio de acorde, una voz que sube, la entrada de los violines. Esa reacción, que parece tan íntima, se ha estudiado con mucho detalle.

Lágrimas y escalofríos

John Sloboda, psicólogo de la Universidad de Keele, en Inglaterra, preguntó en 1991 a 83 aficionados a la música qué les pasaba en el cuerpo al escucharla. Más del 80 % contó haber sentido alguna vez escalofríos, risa, lágrimas o un nudo en la garganta. Después les pidió que señalaran los pasajes exactos que les provocaban esas reacciones y los analizó uno por uno.

Encontró un patrón. Las lágrimas llegaban sobre todo con frases que se repiten un poco más arriba o más abajo, y con notas que rozan la que el oído espera y tardan un instante en llegar a ella. Los escalofríos, con armonías nuevas o inesperadas. La música emociona, en buena parte, jugando con lo que esperamos que venga.

Lo que vieron en Montreal

El neurocientífico Robert Zatorre lleva décadas estudiando la música en el cerebro en la Universidad McGill, en Canadá. En 2001, con su equipo, midió la actividad cerebral de personas que escuchaban piezas elegidas por ellas mismas porque les ponían los pelos de punta. Cuanto más intenso era el escalofrío, más se activaban zonas relacionadas con la recompensa y la emoción, las mismas que responden a la comida y a otros placeres básicos.

En 2011, Valorie Salimpoor dio un paso más en el mismo laboratorio. A su anuncio respondieron 217 personas que sentían escalofríos con la música, y tras varias pruebas eligió a 8 a quienes les pasaba siempre y de forma medible. Cada una llevó sus piezas favoritas, todas instrumentales y de estilos muy variados: clásica, folk, jazz, rock, tango. Las de los demás le servían como música neutra.

Con la música que les emocionaba, el cerebro liberaba dopamina, una sustancia que interviene en el placer y en las ganas de repetir. Y lo hacía en dos tiempos: en los segundos previos al momento cumbre, cuando la persona ya lo veía venir, se activaba una zona llamada núcleo caudado; en el escalofrío mismo, otra distinta, el núcleo accumbens. Era la primera vez que se demostraba que un placer tan abstracto como la música hace liberar dopamina. El estudio se hizo con solo ocho personas, elegidas precisamente porque la música les emocionaba mucho.

El gusto de lo que está a punto de llegar

Ese primer tiempo explica algo que casi todo el mundo conoce: parte del placer está en la espera, en notar que algo está a punto de llegar. Por eso una canción que sabes de memoria puede emocionarte cada vez en el mismo compás.

En 2013, el mismo equipo puso a un grupo de personas a escuchar canciones que no habían oído nunca y les dejó pujar dinero por ellas. Lo que mejor anunciaba cuánto pagaría cada una era la actividad del núcleo accumbens, y sobre todo lo conectado que estaba con las zonas que analizan el sonido. El placer nace de ese encuentro entre lo que oímos y lo que esperamos, y lo que esperamos depende en parte de la música que cada uno ha escuchado a lo largo de su vida. De ahí, en parte, que a cada persona le emocione una música distinta.

Esa piel de gallina se parece a lo que los psicólogos llaman asombro: algo que nos supera por un momento y nos deja sin palabras.

Cuando la música no dice nada

No a todo el mundo le pasa. En 2014, un equipo de la Universidad de Barcelona y del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge, con la colaboración de Zatorre, estudió a 30 personas sanas y describió a algunas que, sin depresión y disfrutando con normalidad de otras recompensas, como ganar dinero en una tarea del laboratorio, no sentían placer con la música. La oían bien y la entendían, pero no les emocionaba. Lo llamaron anhedonia musical específica.

Si es tu caso, no te pasa nada malo. A cada persona la emocionan cosas distintas: un paisaje, un libro, una conversación.

Por qué buscamos música triste

Parece una contradicción: cuando estamos mal, muchas veces ponemos música triste. En 2014, Liila Taruffi y Stefan Koelsch preguntaron por ello a 772 personas de países de Occidente y de Oriente. La emoción que más despertaba esa música no era la tristeza, sino la nostalgia, y casi siempre a través de recuerdos.

Quienes la escuchaban decían que les ayudaba a ordenar lo que sentían y que les consolaba. La apreciaban más las personas con más empatía. Y una de las razones que daban es que se trata de una tristeza sin consecuencias en la vida real: se puede sentir, y hasta llorar, sin que nada se rompa.

La música que se comparte

La música también acerca a las personas. En 2006, Peter Rentfrow y Samuel Gosling pidieron a desconocidos que charlaran para conocerse, y el tema que más salió fue la música. En otro estudio vieron por qué: con solo saber qué música le gustaba a alguien, otras personas se formaban una idea bastante acertada de su forma de ser.

Decir qué música te gusta es contar algo de ti. Por eso regalar una canción, o preguntar a alguien qué escuchaba cuando era joven, puede abrir una conversación que de otro modo no llegaría.

Darle a la música toda la atención

Si la emoción depende en parte de seguir la música y adelantarse a lo que viene, tiene sentido darle la oportunidad de hacerlo:

Esa canción

Todos tenemos una canción que nos devuelve a alguien. Si te ha venido a la cabeza mientras leías, dale las gracias en una estrella con «Lo que agradezco»; y si esa persona ya no está, puede brillar «Por alguien que ya no está».

Fuentes

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