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Estar en lo que estás

Agradecer y alegrarse · 5 min de lectura · Publicado el 29 de octubre de 2026

Estás en la ducha y, sin darte cuenta, ya estás en la reunión de mañana, en lo que te dijo tu hermana o en la lista de la compra. El agua caliente sigue cayendo, pero tú no estás allí. Le pasa a todo el mundo, y bastante más a menudo de lo que creemos.

Preguntar en el momento

En 2010, Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard, idearon una manera nueva de estudiarlo. Crearon una aplicación para el móvil que, a horas elegidas al azar, preguntaba tres cosas: qué estabas haciendo, si estabas pensando en eso o en otra cosa y cómo te sentías. Participaron 2.250 personas de entre 18 y 88 años, y reunieron unas doscientas cincuenta mil respuestas.

El primer resultado sorprendió: la gente pasaba el 46,9 % del tiempo despierta pensando en algo distinto de lo que hacía. En todas las actividades la mente se iba al menos un 30 % de las veces, salvo en una: al hacer el amor.

Lo que encontraron

Las personas se sentían menos felices cuando su mente vagaba que cuando estaba en lo que hacían. Ni siquiera pensar en algo agradable las hacía más felices que atender a la tarea, y pensar en cosas neutras o desagradables las dejaba claramente peor.

Más llamativo todavía: lo que la gente pensaba decía más de su felicidad que lo que hacía. La actividad explicaba un 4,6 % de las diferencias de felicidad en un momento dado; que la mente estuviera o no en ella, un 10,8 %. Y al comparar las respuestas a lo largo del tiempo, los autores vieron que la mente que divagaba solía ir antes del malestar, y no al revés. De ahí el título de su artículo, que en castellano sería algo así como «una mente que divaga es una mente infeliz».

No toda distracción pesa igual

Los estudios que vinieron después dibujan un cuadro menos sombrío. En 2013, Giulia Poerio, Peter Totterdell y Eleanor Miles hicieron algo parecido durante una semana y midieron el ánimo antes y después de que la mente se fuera. La tristeza solía llegar antes que la distracción, y divagar solo dejaba peor cuando lo que se pensaba era negativo. Su conclusión fue que la mente que divaga no es mala en sí misma.

Ese mismo año, Michael Franklin, Jonathan Schooler y sus colegas, de la Universidad de California en Santa Bárbara, vieron que cuando la mente se iba a algo que a la persona le parecía interesante, el ánimo era mejor incluso que cuando estaba en la tarea. El mismo grupo ha encontrado que buena parte de esos pensamientos miran al futuro y sirven para planear, y que dejar vagar la mente mientras se hace algo sencillo ayuda a encontrar ideas nuevas para un problema que se había dejado a medias.

Dejar que la mente se vaya, por tanto, no es un fallo. La cuestión es adónde va y si eso te deja mejor o peor.

Adónde se va la cabeza en los días malos

El estudio de Poerio encontró otra cosa que ayuda a entenderse: el ánimo bajo empujaba la mente hacia las preocupaciones del momento y hacia el pasado. Por eso, en una mala racha, cuesta más estar en lo que haces. No es falta de voluntad: la cabeza va a lo que le preocupa.

Si esas vueltas se repiten siempre iguales, y sobre todo cuando te acuestas, quizá te ayude leer sobre las preocupaciones de la noche.

Volver sin forzarlo

Lo primero que sale es intentar no pensar, y funciona mal. En 1987, Daniel Wegner pidió a unos voluntarios que durante cinco minutos no pensaran en un oso blanco y que tocaran una campanilla cada vez que les viniera a la cabeza. No lo consiguieron, y después pensaban en el oso más que quienes no habían tenido que evitarlo. Una revisión de muchos estudios posteriores confirmó que ese rebote existe, aunque su tamaño es pequeño o moderado.

El mismo Wegner vio algo útil: a quienes se les daba un pensamiento concreto en el que fijarse, el oso les volvía menos después. Es decir, más que echar fuera lo que viene, ayuda darle a la atención un sitio adonde ir: lo que oyes, lo que tocas, lo que tienes delante.

En eso se basa la práctica de la atención plena: notar que te has ido y volver, sin reñirte. En 2013, Michael Mrazek y sus colegas, también de Santa Bárbara, lo pusieron a prueba en un ensayo con los participantes repartidos al azar. Un curso de atención plena de dos semanas redujo los pensamientos que distraían y mejoró la comprensión lectora y la memoria de trabajo.

Pequeñas maneras de estar

Si las preocupaciones no te dejan estar en nada durante semanas, o tienes el ánimo bajo casi todos los días, coméntalo con tu médico.

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Fuentes

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