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¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que antes no existía? No hace falta que sea arte: un guiso con una receta nueva, una bufanda, una silla que vuelve a sostenerse. Unos investigadores de Nueva Zelanda y Estados Unidos se preguntaron qué hacen esas pequeñas creaciones con el ánimo de quien las hace.
Tamlin Conner, de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, junto con Colin DeYoung, de la Universidad de Minnesota, y Paul Silvia, de la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro, siguieron a 658 jóvenes universitarios durante trece días. Cada día, los participantes anotaban cuánto tiempo habían dedicado a actividades creativas, cómo se habían sentido y hasta qué punto notaban que lo que hacían tenía sentido y que estaban unidos a otras personas. Los psicólogos llaman a esto último florecer.
Lo que contaba como creativo era muy variado: escribir canciones, poemas o relatos, tejer y hacer ganchillo, pintar, dibujar, hacer diseño gráfico, tocar música o probar recetas nuevas.
El trabajo se publicó en 2018. Los días siguientes a aquellos en que alguien había creado más de lo habitual, esa persona se sentía con más energía y más entusiasmo, y decía encontrarse mejor con su vida en general. Las emociones negativas, en cambio, no cambiaban: crear no borraba la tristeza ni las preocupaciones, pero sumaba algo bueno.
Los investigadores comprobaron también el camino contrario, por si eran los días de buen humor los que llevaban a crear al día siguiente. No encontraron ese efecto. Todo apuntaba a que la actividad creativa venía primero y el buen ánimo después.
Conviene leerlo con cautela. Los datos los daban los propios participantes, eran jóvenes universitarios, y un estudio así muestra cómo se suceden las cosas en el tiempo, pero no demuestra del todo que una cause la otra.
Otros trabajos van en la misma línea con personas de todas las edades. En 2024, un equipo de la Universidad Anglia Ruskin, en Inglaterra, dirigido por Helen Keyes, analizó una encuesta a 7.182 adultos ingleses hecha entre 2019 y 2020. Quienes pintaban, dibujaban, hacían cerámica o fotografía, bordaban, tejían o trabajaban la madera se declaraban más satisfechos con su vida, más felices y con más sensación de que su vida valía la pena, también al tener en cuenta su edad, su salud o si tenían trabajo. En la ansiedad y en la soledad, en cambio, no se notaba diferencia. Es una foto fija de un momento, así que no permite saber qué vino antes.
Una encuesta internacional a más de 3.500 personas que tejen, publicada en 2013 por Jill Riley y su equipo, encontró que cuanto más a menudo tejían, más tranquilas y contentas decían sentirse. Quienes tejían en grupo hablaban, además, de más contacto con otras personas.
Y una revisión de 2018 sobre talleres de cocina, en hospitales y en barrios, encontró mejoras en la autoestima, en el trato con los demás y en el estado de ánimo, aunque sus autores advierten de que los estudios eran pocos, pequeños y de calidad limitada.
Quienes estudian la creatividad distinguen entre la gran creatividad, la de los genios que cambian la historia, y la creatividad de todos los días: la de quien improvisa una cena con lo que queda en la nevera o arregla una lámpara con un trozo de alambre. Los psicólogos James Kaufman y Ronald Beghetto, que en 2009 ordenaron las formas de creatividad en cuatro tipos, recuerdan que esta segunda se encuentra en casi todas las personas. Es la que aparece en los estudios de este artículo.
No se trata de hacerlo bien ni de enseñarlo. Tampoco hace falta llegar a ese estado en que se pierde la noción del tiempo, el que la psicología llama fluir, aunque a veces aparezca. En el estudio de Otago se midió algo mucho más sencillo: el rato que cada persona dedicaba a hacer algo nuevo.
Todavía no se sabe con certeza. Hay algunas explicaciones posibles, ninguna demostrada del todo:
Los autores del estudio de Otago apuntan además una posibilidad más sencilla: que un proyecto empezado un día siga al siguiente y sea eso lo que anima. Sea por una razón o por varias, lo que se repite en los distintos trabajos es la relación entre hacer algo propio y sentirse algo mejor.
Si llevas semanas sin disfrutar de nada, ni siquiera de lo que antes te gustaba, coméntalo con tu médico. A veces el ánimo necesita algo más que una afición.
Una mermelada, un jersey a medias, una silla lijada: si hoy has hecho algo con las manos y te ha sentado bien, cuéntalo en una estrella con «Lo que agradezco». Quien la vea podrá alegrarse contigo.