Un universo compartido › Blog › Cuando siempre esperas lo peor · English
Tu hijo no contesta al teléfono y en dos minutos ya has imaginado un accidente. El médico te pide repetir una prueba y, antes de salir de la consulta, ya estás pensando en lo peor. La cabeza corre hacia el final más negro como si fuera el único posible.
Los psicólogos llaman catastrofismo a esta costumbre de la mente: dar más peso al peor desenlace, aunque sea poco probable, o vivir como insoportable algo que solo es incómodo. No es exagerar por gusto ni querer llamar la atención. Por dentro se vive como una certeza: si todavía no ha pasado, pasará.
Estos errores del pensamiento los describió el psiquiatra Aaron Beck, en la Universidad de Pensilvania. A principios de los años sesenta, escuchando a sus pacientes con depresión, notó que tenían pensamientos que aparecían solos, muy deprisa, y que torcían lo que les pasaba siempre hacia el mismo lado. En 1963 publicó un artículo sobre esas «distorsiones cognitivas», y de ese trabajo nació la terapia cognitiva. El nombre de catastrofismo lo había acuñado antes el psicólogo Albert Ellis, y la terapia cognitiva lo incluyó entre esas distorsiones. Aparece en la ansiedad y en la depresión, pero también en muchas personas sin ningún diagnóstico que simplemente están pasando una mala temporada.
Imaginar peligros tiene una razón de ser: prepararse. El problema llega cuando la cuenta sale torcida. El psicólogo Paul Salkovskis la explicó en 1996 como una especie de balanza. En un platillo están lo grave que nos parece lo que puede ocurrir y lo probable que lo vemos. En el otro, lo capaces que nos sentimos de afrontarlo y la ayuda que podríamos recibir de fuera.
Cuando alguien espera siempre lo peor, el primer platillo se llena de más y el segundo se vacía. Lo malo parece seguro y enorme, y uno mismo, pequeño y sin nadie al lado. La falta de sueño, el cansancio y las temporadas de mucha tensión inclinan la balanza todavía más.
En 2020, Lucas LaFreniere y Michelle Newman, de la Universidad Estatal de Pensilvania, hicieron una prueba sencilla. Durante diez días, 29 estudiantes universitarios con ansiedad generalizada (el problema de quienes se preocupan casi por todo y no consiguen parar) recibieron cuatro mensajes al día en el móvil que les pedían apuntar qué les preocupaba en ese momento. Cada noche repasaban lo apuntado y, durante treinta días, fueron marcando si aquello había ocurrido o no.
El 91,4 % de las preocupaciones no se cumplió. El resultado más repetido fue que no se cumpliera ninguna: a siete de los participantes no les pasó ni una sola de las cosas que temían. Y de las pocas que sí ocurrieron, unas tres de cada diez salieron mejor de lo que esperaban.
El estudio tiene límites que los propios autores reconocen: eran pocas personas, casi todas mujeres jóvenes, y no se sabe si en otros grupos las cifras serían iguales. Pero dejó otra pista: quienes comprobaron que más preocupaciones suyas eran falsas fueron los que más mejoraron de la ansiedad al terminar el tratamiento. Para los autores, ver con los propios datos que la alarma suele equivocarse ayuda a creerle menos.
Esperar lo peor no siempre es un problema. Las psicólogas Julie Norem y Nancy Cantor describieron en 1986 lo que llamaron pesimismo defensivo: personas que, antes de un examen o de hablar en público, se ponen expectativas bajas, repasan todo lo que podría salir mal y se preparan para cada cosa. A muchas les funciona. En sus estudios rendían igual que las optimistas, y cuando alguien intentaba animarlas para que dejaran de preocuparse, les salía peor.
La diferencia está en adónde lleva ese pensamiento. Si imaginar lo malo termina en un plan (llevar las notas, salir con tiempo, apuntar las preguntas para el médico), sirve. Si da vueltas y más vueltas sin llevar a ningún sitio, se parece más a la rumiación que a la prudencia. E incluso cuando funciona, algunos estudios posteriores apuntan a que vivir siempre en ese modo puede pasar factura en forma de más estrés.
No se trata de obligarte a pensar en positivo, sino de mirar el pensamiento como mirarías una noticia dudosa antes de creértela. Estas preguntas se usan a menudo en terapia cognitiva:
También puedes hacer lo que hicieron los participantes del estudio de Pensilvania: apuntar durante unos días lo que temes y, más adelante, anotar qué pasó en realidad. Así es la experiencia, y no el miedo, la que tiene la última palabra. Y si lo que más te pesa es no saber qué va a pasar, quizá te ayude leer sobre la incertidumbre.
Preocuparse de vez en cuando forma parte de la vida. Conviene hablarlo con tu médico si las preocupaciones ocupan buena parte del día durante meses, cuesta mucho pararlas y vienen con mal sueño, cansancio, tensión o molestias de estómago. El servicio público de salud británico, por ejemplo, habla de ansiedad generalizada cuando esto se mantiene al menos seis meses, y lo primero que suele proponer es una terapia psicológica, sobre todo la cognitivo-conductual.
Y si lo peor que imaginas tiene que ver con hacerte daño o con no querer seguir, habla hoy mismo con alguien. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
A veces lo que tememos pierde fuerza cuando lo vemos escrito. Cuéntalo en una estrella con «Lo que me pesa» y vuelve a leerla dentro de unos días: sabrás qué pasó de verdad con aquello. Mientras tanto, habrá quien te acompañe con un toque.