Un universo compartido › Blog › Escribir lo que duele · English
En noviembre de 1983, en una universidad de Dallas, varias decenas de estudiantes pasaron cuatro días seguidos escribiendo quince minutos al día, la mayoría sobre lo más doloroso que habían vivido. Al terminar dejaban el papel en una caja, con la promesa de que nadie lo relacionaría con su nombre. Aquel experimento abrió una línea de investigación que llega hasta hoy.
El psicólogo James Pennebaker, entonces en la Universidad Metodista del Sur, repartió a 46 estudiantes en cuatro grupos. Unos escribían sobre temas sin importancia. Los demás, sobre un hecho traumático de su vida, pero de tres maneras: contando solo los hechos, contando solo lo que sintieron, o juntando las dos cosas.
Al terminar cada sesión, quienes habían escrito los hechos y los sentimientos juntos salían peor: con el ánimo más bajo y la tensión arterial algo más alta. Pero en los seis meses siguientes fueron menos veces al centro de salud de la universidad. Pennebaker y su colaboradora, Sandra Beall, lo publicaron en 1986 y lo presentaron con prudencia, como un resultado preliminar.
Pennebaker siguió con el tema durante décadas, más tarde en la Universidad de Texas en Austin, y otros laboratorios se sumaron. En un repaso de 1997 resumía lo encontrado hasta entonces: menos visitas al médico, cambios en algunos marcadores del sistema inmunitario, mejores notas en estudiantes, menos ausencias en el trabajo y profesionales despedidos que encontraban empleo antes. El efecto aparecía en personas muy distintas y en varios países, entre ellos México. Hablar en voz alta ante una grabadora funcionaba de forma parecida a escribir.
Un detalle llamativo: en un estudio, unos participantes escribían en papel que entregaban y otros en una pizarra mágica que se borraba al levantar la lámina. No hubo diferencias. Lo que pesaba no era que alguien lo leyera, sino ponerlo en palabras.
Para entenderlo, el equipo de Pennebaker creó a principios de los años noventa un programa que contaba qué tipo de palabras usaba cada persona. Al analizar seis estudios encontró tres pistas. A quienes más les ayudó escribir usaban más palabras de emociones positivas. Usaban palabras de emociones negativas en una medida moderada, ni demasiadas ni casi ninguna. Y, sobre todo, a lo largo de los días aumentaban las palabras como «porque», «entender» o «darme cuenta». Empezaban con relatos desordenados y terminaban con una historia que tenía sentido.
Otros estudios apuntan en la misma dirección. En uno, expresar un trauma solo con el movimiento del cuerpo, sin palabras, no tuvo en la salud el efecto que tuvo hacerlo además por escrito. En otro, de la Universidad de Iowa en 2002, quienes durante un mes escribieron sobre lo que pensaban y sentían de un hecho difícil acabaron viendo algo bueno que había salido de él, mientras que quienes escribieron solo sobre sus emociones, con mucho peso de lo negativo, contaron más síntomas de enfermedad durante el estudio.
Desahogarse sin más no parece ser la clave. Lo que ayuda es ir ordenando lo que pasó y lo que significa, algo muy cercano a ponerle nombre a lo que sientes.
La escritura expresiva tiene límites, y conocerlos evita esperar de ella lo que no da:
Si quieres intentarlo, estas son las pautas que han seguido la mayoría de los estudios:
El centro Greater Good de la Universidad de California en Berkeley, que difunde este ejercicio, aconseja no hacerlo si has vivido un trauma grave hace muy poco o si el tema te desborda. Si mientras escribes notas que te hundes, para. Puedes volver otro día o elegir algo menos doloroso.
Y si cada día escribes lo mismo, con las mismas preguntas sin salida, quizá estés más cerca de darle vueltas a lo mismo que de ordenarlo. Escribir no sustituye a hablar con alguien ni a un tratamiento cuando hace falta. Si lo que llevas dentro no te deja vivir, compártelo con alguien que pueda ayudarte. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Lo que escribes para ti se queda en el cuaderno. Si al final aparece una frase que lo resume, puedes encenderla en una estrella con «Lo que me pesa». Entonces alguien la leerá y te dejará una frase de consuelo.