Un universo compartido › Blog › Empezar de cero en otro país · English
Unos se van de España con una maleta y un contrato de seis meses; otros llegan a España con una maleta y el teléfono de un conocido. Las historias son muy distintas, pero quien empieza de cero en otro país conoce la misma mezcla: ilusión, cansancio, papeles, un idioma que se resiste y una nostalgia que aparece cuando menos se espera.
El psiquiatra Joseba Achotegui, profesor de la Universidad de Barcelona, describe la emigración como un duelo con siete pérdidas: la familia y los amigos, la lengua, la cultura, la tierra, el lugar que uno tenía en la sociedad, el contacto con su gente y, en los casos más duros, la seguridad física.
Es un duelo especial. Lo que se ha perdido no ha muerto: sigue allí, se puede volver de visita, se puede llamar. Por eso se reabre una y otra vez, con cada viaje y con cada noticia de casa. Es uno de esos duelos que nadie ve, porque desde fuera parece que la persona ha ganado algo, no que ha perdido.
Cuando las condiciones son muy duras, con separación forzada de la familia, miedo, sensación de fracaso y el esfuerzo diario por sobrevivir, Achotegui habla de «síndrome de Ulises». Achotegui aclara que no lo considera una enfermedad mental, sino un estrés muy intenso ante unas circunstancias extremas.
El psicólogo canadiense John Berry, de la Universidad Queen’s de Kingston, propuso un modelo muy conocido para entender cómo se adapta quien llega a otro país. Según él, todo se juega en la respuesta a dos preguntas. ¿Quiero conservar mi lengua, mis costumbres, mi manera de ser? ¿Quiero relacionarme con la gente de aquí y formar parte de esto? De las respuestas salen cuatro caminos:
Berry propuso también hablar de «estrés aculturativo» en lugar de choque cultural. Con ese cambio de palabras quería mirar la adaptación como se mira cualquier otro estrés: algo que desgasta, que no habla mal de quien lo sufre y que se puede afrontar.
En un gran estudio internacional, Berry y sus colegas Jean Phinney, David Sam y Paul Vedder preguntaron a 5.366 jóvenes inmigrantes de 13 a 18 años que vivían en trece países. Los que se movían entre las dos culturas, la de su familia y la del país nuevo, eran los que mejor estaban, tanto en su ánimo como en su vida diaria. Los que andaban perdidos entre las dos, sin sentirse de ninguna, eran los que peor.
Una revisión de 83 estudios con más de veintitrés mil personas, de Angela-MinhTu Nguyen y Verónica Benet-Martínez, hoy en la Universidad Pompeu Fabra, llegó a algo parecido: tener dos culturas se asocia con una mejor adaptación, más que quedarse con una sola. Desmonta la vieja idea de que quien vive entre dos mundos está condenado a no ser de ninguno.
Con un matiz: no depende solo de quien llega. Berry subraya que también cuenta la sociedad que recibe. Integrarse es mucho más difícil donde a uno le cierran las puertas.
La nostalgia aparecerá, a veces con un olor o una canción. En Galicia la llaman morriña. No es señal de que te hayas equivocado: es lo que se siente por lo que se quiere.
Si te fuiste de España a estudiar o a trabajar, puede que te pese ver cómo la vida de casa sigue sin ti: los cumpleaños, los nacimientos, los padres que se hacen mayores. Y la vuelta, si llega, también tiene su parte de duelo: hay quien regresa después de años y tarda en volver a sentirse de su sitio.
Si llegaste a España, al idioma (en algunas comunidades, dos), los papeles, el trabajo y la vivienda se suma muchas veces el peso de lo que esperan los que se quedaron. Acudir a los servicios sociales de tu ayuntamiento, a una asociación o a un vecino de confianza no es una derrota: es usar los apoyos que existen para eso.
La otra mitad de la integración la ponen los de aquí. Aprender su nombre y pronunciarlo bien, preguntarle por su país, invitarle a un café, echar una mano con un trámite o saludar cada mañana. Son gestos pequeños para quien los hace y pueden ser enormes para quien acaba de llegar. A veces, la amabilidad de un desconocido es lo primero que hace sentir a alguien en casa.
Si la tristeza, el insomnio o el cansancio no se van con las semanas, o si sientes que ya no puedes más, coméntalo con un médico. En España, el centro de salud es la puerta de entrada, también para hablar del ánimo. Y no te lo guardes. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
En Un universo compartido nadie te pregunta de dónde vienes. Puedes encender una estrella con «Lo que agradezco» por el vecino que te echó una mano la primera semana, o «Por alguien» que se quedó en tu tierra. Quien la lea, esté donde esté, podrá acompañarla.