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Cuando muere tu padre o tu madre

Recordar a quien ya no está · 5 min de lectura · Publicado el 27 de octubre de 2026

Puedes tener cincuenta años, hijos y una vida hecha lejos de la casa en la que creciste. Y aun así, cuando muere tu padre o tu madre, algo se mueve en un sitio muy antiguo de ti, como si por un momento volvieras a ser pequeño o pequeña.

Una pérdida esperada que llega por sorpresa

La socióloga Debra Umberson, de la Universidad de Texas, dedicó años a estudiar qué les pasa a los adultos cuando muere uno de sus padres. Combinó entrevistas en profundidad con encuestas nacionales y publicó sus conclusiones en 2003 en un libro titulado «Death of a Parent» («La muerte de un padre»).

Su punto de partida es una paradoja. En la mitad de la vida adulta, la muerte de un padre o de una madre es de lo más previsible que puede pasar, y sin embargo la mayoría de los adultos la vive como una crisis inesperada, capaz de cambiar lo que creen, lo que buscan y cómo se ven a sí mismos. Umberson estudió también por qué a algunas personas esa pérdida las deja más expuestas a la depresión, al alcohol o a problemas de salud, y qué protege a otras.

Aunque haya habido una enfermedad larga y tiempo para despedirse antes de tiempo, saber que iba a pasar no es lo mismo que vivirlo.

Lo que se va con ellos

Con un padre o una madre se va la persona, y también otras cosas que no se ven en el entierro:

Umberson dedica un capítulo de su libro a lo que llama la pérdida simbólica: lo que esa muerte significa además de la ausencia. Para muchos adultos es el momento de darse cuenta de que ahora son ellos la generación que va delante, y de preguntarse qué quieren hacer con el tiempo que tienen.

Quedarse sin padres a cualquier edad

El psicólogo Alexander Levy escribió en 1999, después de perder a sus padres, un libro sobre lo que llamó el adulto huérfano. La palabra suena exagerada cuando ya se tienen canas, y a la vez describe bien lo que muchas personas sienten cuando muere el segundo de sus padres: que ya no queda nadie detrás.

Por eso duelen tanto algunas frases bienintencionadas. «Ya era mayor», «ha tenido una vida larga» o «es ley de vida» pueden ser verdad y no consolar nada. La edad de quien muere no mide el cariño de quien se queda.

Hijas, hijos y el momento de la vida

Thomas Leopold y Clemens Lechner analizaron en 2015 los datos de un gran panel alemán que pregunta cada año a los mismos hogares por su satisfacción con la vida. Siguieron a 2.760 hijos e hijas de entre 17 y 70 años, antes y después de la muerte de uno de sus padres. El efecto variaba mucho: la caída más honda era la de las hijas que perdían a su madre, y la bajada era mayor cuando la muerte llegaba pronto, en los primeros años de la vida adulta. Las hijas que perdían a su madre antes de tiempo no se habían recuperado del todo ni varios años después.

Son medias, y cada familia es distinta. Pero ayudan a entender por qué un hermano lo vive de una manera y otro de otra, o por qué esta muerte te ha tocado más de lo que esperabas.

Si la relación no era fácil

No todos los padres fueron buenos padres, y no todas las relaciones estaban en paz cuando llegó la muerte. En esos casos el duelo puede ser confuso: pena por quien era, pena por lo que nunca llegó a ser, enfado, alivio y culpa por sentir alivio. Umberson encontró también personas que, tras la muerte, estaban mejor de salud mental que cuando su padre o su madre vivía.

Nada de eso te convierte en mal hijo o mala hija. Se puede llorar a alguien y, a la vez, reconocer que su ausencia te deja respirar. Si esa mezcla te pesa, contarla a alguien de confianza o a un profesional puede ayudarte a ordenarla.

La familia se recoloca

Cuando muere uno de los padres, quien queda suele necesitar más compañía, y los hijos pasan a preocuparse por él o por ella: quién le llama, quién le acompaña al médico, si puede seguir en su casa. Cuando mueren los dos, llegan la casa familiar, los papeles, la herencia y todo lo que guardaban. El libro de Umberson dedica capítulos al padre o la madre que se queda y a los hermanos: dos terrenos en los que unas familias se acercan y otras se distancian.

En Qué hacer con sus cosas hay ideas para cuando llegue el momento de los armarios y los cajones.

Lo que sigue contigo

Con el tiempo, muchas personas descubren que sus padres siguen presentes de maneras pequeñas: un gesto que haces igual, una expresión que se te escapa, una receta que ahora cocinas tú. Contar sus historias a tus hijos o a tus sobrinos, repetir alguna de sus costumbres o volver a sus lugares es una forma de mantener el lazo con ellos.

Si al cabo de los meses la pena no te deja vivir, o si la muerte fue repentina y no consigues asimilarla, busca ayuda y apóyate en los tuyos. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.

Lo que te enseñó

Quizá haya una frase suya que todavía te repites, o una manera de hacer las cosas que has heredado sin darte cuenta. Cabe en una estrella «Por alguien que ya no está». Brillará siete días, y quienes pasen por ella dejarán palabras de memoria.

Fuentes

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