Un universo compartido › Blog › Cuando buscas trabajo y no llega · English
En noviembre de 1931, un equipo de investigadores de Viena empezó a estudiar un pueblo donde casi nadie tenía trabajo. Lo que vieron allí durante meses sigue ayudando a entender por qué el paro pesa tanto, más allá del dinero, y qué puede hacer que pese un poco menos.
Marienthal estaba a unos 25 kilómetros al sureste de Viena y vivía de sus fábricas textiles. Entre julio de 1929 y febrero de 1930 cerraron todas, y el paro alcanzó a tres de cada cuatro familias. Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel quisieron saber qué le hace a la gente un paro largo. Hablaron con las familias, les pidieron que apuntaran cómo pasaban el día, contaron, midieron y observaron.
Su libro, «Die Arbeitslosen von Marienthal» (los parados de Marienthal), salió en 1933 y fue uno de los primeros en mirar el paro de cerca, casa por casa.
Había quien pensaba que el paro llevaría a la rebeldía, y quien creía que obligaría a espabilar. Lo que encontraron fue cansancio. Los propios autores hablaron de una comunidad cansada, que se había acostumbrado a tener menos, a hacer menos y a esperar menos.
El tiempo perdió su forma. Contaron cuántas veces se paraban los que recorrían trescientos metros de la calle principal: de 68 hombres, 39 se detuvieron tres veces o más; de 32 mujeres, solo 3. Ellas seguían con las tareas de la casa y de los hijos; para los hombres, escribieron los autores, dividir el día en horas había dejado de tener sentido. De cada cien hombres, 88 ya no llevaban reloj.
Tenían más tiempo libre que nunca y, sin embargo, leían menos. En la biblioteca del pueblo, los préstamos bajaron de más de tres libros por lector en 1929 a 1,6 en 1931.
Al clasificar a las familias según su actitud, algo menos de una de cada cuatro seguía entera, con planes y buscando trabajo. Unas pocas estaban desesperadas o se habían abandonado. La gran mayoría estaba resignada: cuidaba de la casa y de los niños, se apañaba con lo mínimo y había dejado de hacer planes.
Cincuenta años después, ya como profesora en Inglaterra, Jahoda resumió lo aprendido en un libro de 1982. Un empleo tiene una función que todos vemos, el sueldo, y otras cinco que casi no se notan hasta que faltan:
Por eso el paro duele aunque haya prestación: se lleva también todo eso. Una revisión de 104 estudios, publicada en 2005 por Frances McKee-Ryan, Connie Wanberg y otros dos colegas, confirmó que las personas en paro tienen peor salud mental y física que las que trabajan, y que la cuantía de la prestación no cambiaba esa relación. Entre quienes buscaban empleo, pesaban más en su ánimo los apoyos con que contaban, la estructura de sus días y la manera de interpretar lo que les pasaba que la edad o los estudios.
Si el trabajo daba esas cinco cosas, se pueden buscar por otros caminos mientras llega el siguiente empleo:
En 1989, un equipo del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Míchigan publicó los resultados de un programa para personas que acababan de perder el empleo. Lo probaron con 928 adultos repartidos al azar: unos hacían el programa y otros no. Practicaban la búsqueda de trabajo como quien resuelve un problema, con el apoyo del grupo, y se preparaban de antemano para los rechazos que iban a llegar.
Quienes lo hicieron encontraron empleos mejores, en sueldo y en satisfacción, y los que seguían en paro conservaban más las ganas de buscar. Una versión posterior, con más de 1.800 personas, también redujo los síntomas de depresión, sobre todo en quienes más riesgo tenían. Parte de lo que protegía era justo eso: estar preparado para un revés.
La idea que se puede sacar de ahí es sencilla. Los noes forman parte del camino y no son un juicio sobre ti. Puede ayudar contar con ellos antes de que lleguen y tener a alguien con quien comentarlos cuando llegan.
Entre 2020 y 2024, el servicio público de empleo de Baja Austria ofreció un trabajo a todos los vecinos del municipio donde está Marienthal que llevaban nueve meses o más en paro. Los economistas Maximilian Kasy y Lukas Lehner, de la Universidad de Oxford, lo evaluaron. Encontraron mejoras en el bienestar y también en lo que había descrito Jahoda: el horario, la actividad, el trato con otros, la sensación de ser útil y el reconocimiento.
Las revisiones de estudios sobre el paro coinciden en que no solo preocupa: empeora la salud, también la mental. Si llevas semanas sin dormir bien, sin ganas de nada o pensando que no vales, coméntalo con tu médico de cabecera. Pedir ayuda no es rendirse. Y si sientes que no puedes más, cuéntaselo hoy mismo a alguien. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Un correo que no llega, una entrevista que no sale: hay días que pesan más que otros. Puedes escribirlo en una estrella con «Lo que me pesa», o encender una con «Lo que espero» la víspera de una entrevista. Habrá quien pase y te deje una frase de ánimo.