Un universo compartido › Blog › Qué hacer en un ataque de pánico · English
Llega de repente. El corazón se dispara, falta el aire, las manos hormiguean y aparece la certeza de que está pasando algo muy grave: un infarto, un desmayo, perder el control. Pocas experiencias asustan tanto, y entender lo que ocurre ayuda a pasarlas con menos miedo.
Un ataque de pánico es una oleada brusca de miedo intenso que llega a su punto más alto en pocos minutos. Viene con síntomas físicos: palpitaciones, sudor, temblor, sensación de ahogo, presión en el pecho, mareo, náuseas, hormigueo, escalofríos o calor, y a veces la impresión de que nada es real. Según el servicio de salud británico (NHS), la mayoría duran entre 5 y 20 minutos. Son muy desagradables, pero no son peligrosos: un ataque de pánico no causa ningún daño físico.
Es más común de lo que parece. En una gran encuesta dirigida por Ronald Kessler, de la Facultad de Medicina de Harvard, y publicada en 2006, con más de nueve mil adultos de Estados Unidos, el 22,7 % había tenido algún ataque de pánico aislado en su vida. Solo una minoría, en torno al 5 %, llegaba a tener un trastorno de pánico: ataques que se repiten sin aviso y que dejan, durante al menos un mes, un miedo constante a que vuelvan.
En 1986, el psicólogo David M. Clark, de la Universidad de Oxford, publicó una explicación que cambió la forma de tratarlo. Según su modelo, el ataque nace de interpretar una sensación normal del cuerpo como señal de catástrofe. El corazón se acelera un poco, por un café, por una escalera o por un susto, y la mente lo lee como «me está dando un infarto». Ese pensamiento da miedo; el miedo acelera más el corazón y añade ahogo y mareo; y cada síntoma nuevo parece confirmar lo peor. En pocos minutos, el círculo llega al máximo.
Otras sensaciones siguen el mismo camino: la falta de aire se lee como «me voy a ahogar», el mareo como «me voy a desmayar» y los pensamientos acelerados como «estoy perdiendo la cabeza».
Clark y su equipo añadieron otra pieza: lo que se hace para protegerse, como sentarse, agarrarse a algo o salir corriendo. En un experimento que Paul Salkovskis publicó con el propio Clark en 1999, las personas con pánico que abandonaban esas conductas de seguridad durante un rato de exposición creían menos después en la catástrofe y sentían menos ansiedad que las que seguían haciéndolas. Si siempre te agarras, nunca compruebas que no ibas a caerte.
La terapia cognitiva que salió de este modelo ha dado buenos resultados. En los ensayos de su equipo en Oxford fue más eficaz que la relajación aplicada, otra terapia muy usada entonces, y la Universidad de Oxford calcula que entre el 70 y el 80 % de las personas tratadas se recuperan.
Pero el modelo no lo explica todo. En 1988, Clark contó que el 83 % de sus pacientes con trastorno de pánico tenía un ataque con solo leer parejas de palabras como «palpitaciones» y «morir». En 2013, un equipo de la Universidad de Maastricht repitió la prueba con más controles: los pacientes se pusieron más nerviosos con esas palabras, pero ninguno tuvo un ataque. Los autores concluyeron que los pensamientos catastróficos pesan sobre todo en el miedo a que llegue el siguiente ataque, más que en el disparo de cada uno. Aprender a leer de otra manera lo que siente el cuerpo sigue siendo útil, aunque no sea toda la historia.
Si notas que empieza, puedes probar con esto:
Ver a otra persona en pleno ataque asusta, y lo más útil que puedes darle es tu calma. Las guías de los servicios de salud mental británicos van en esta línea:
Cuando pase, pregúntale qué necesita: un vaso de agua, caminar un poco, irse a casa. Es normal que después sienta cansancio o vergüenza. Si más tarde quiere hablar, escuchar sin quitarle importancia ayuda; hay ideas en «Entiendo que te sientas así». Y si el susto también ha sido para ti, date un rato.
Si es la primera vez, si el dolor u opresión en el pecho no cede o se extiende al brazo, la mandíbula, el cuello o la espalda, o si tienes problemas de corazón, pide asistencia médica urgente. Ante la duda, mejor que te vean: solo una exploración puede descartar otra causa.
Si los ataques se repiten, si vives pendiente de que llegue el siguiente o empiezas a dejar de ir a sitios, coméntalo con tu médico de cabecera. El trastorno de pánico tiene tratamiento. Mientras tanto, el NHS aconseja reducir el café, el alcohol, el tabaco y las bebidas azucaradas, que pueden empeorar los ataques. Y si el miedo te está cerrando la vida, cuéntaselo a alguien. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Después del susto suele quedar esa pregunta. Puedes escribirla tal cual en una estrella con «Lo que me pesa», sin que nadie sepa que es tuya. Quien pase por ella te acompañará con un toque.