Un universo compartido › Blog › Lo que hace un abrazo · English
En la sala de espera de un hospital, en una despedida o en la cocina de casa, hay momentos en que ninguna frase está a la altura. Entonces alguien abraza, o coge una mano, y algo se afloja por dentro. Ese gesto tan sencillo se ha estudiado más de lo que parece.
En 2009, un equipo de la Universidad de Gotemburgo, con Line Löken y Håkan Olausson, estudió unas fibras nerviosas de la piel llamadas táctiles C. Vieron que respondían sobre todo a las caricias lentas, de entre uno y diez centímetros por segundo, justo las que los participantes encontraban más agradables. Los autores propusieron que estas fibras son un camino especial para el contacto afectuoso entre personas.
En 2015, Sheldon Cohen y su equipo de la Universidad Carnegie Mellon publicaron un estudio poco corriente. Durante catorce noches seguidas llamaron por teléfono a 404 adultos sanos, de entre 18 y 55 años, y les preguntaron si ese día habían tenido algún conflicto con alguien y si les habían dado un abrazo. Después los expusieron a un virus del resfriado y los mantuvieron en cuarentena unos días para ver quién enfermaba.
Los conflictos frecuentes aumentaban el riesgo de infectarse, pero ese aumento era menor en quienes se sentían apoyados por los suyos, y los abrazos explicaban alrededor de un tercio de esa protección. Entre quienes se contagiaron, recibir abrazos más a menudo se asoció con síntomas más leves.
Es un estudio que observa, no un experimento, y los propios autores no saben si lo que protege es el contacto en sí o lo que el abrazo significa: que alguien está contigo.
Con los mismos participantes, el equipo de Cohen miró en 2018 qué pasaba con el ánimo. Los días con algún conflicto, quienes recibían un abrazo notaban menos bajón y menos malestar, y al día siguiente arrastraban menos malestar. Pasaba igual en hombres y en mujeres, y en quienes tenían pareja y en quienes no.
En 2006, el psicólogo James Coan, con Hillary Schaefer y Richard Davidson, pidió a dieciséis mujeres casadas que se tumbaran en un escáner cerebral mientras se les avisaba de que podían recibir una descarga eléctrica. Unas veces esperaban dando la mano a su marido, otras a un desconocido y otras sin dar la mano a nadie. Con la mano del marido, las zonas del cerebro que reaccionan ante una amenaza se calmaban en buena parte; con la de un desconocido, también, aunque menos. Y cuanto mejor era el matrimonio, mayor era el efecto.
Era un estudio pequeño. El laboratorio de Coan lo ha seguido estudiando con más de cien personas, que daban la mano a su pareja o a un amigo, y el efecto calmante de esa mano se sigue viendo. Lo que todavía se discute es cómo actúa en el cerebro.
En 2024, un equipo dirigido por Julian Packheiser, de la Universidad del Ruhr en Bochum (Alemania), analizó en conjunto 137 estudios sobre el efecto del contacto físico en la salud. En adultos, el contacto reducía el dolor, la ansiedad y los sentimientos de depresión, y en el ánimo ayudaba más a quienes estaban enfermos que a los sanos. El contacto con objetos o con robots tenía efectos parecidos en el cuerpo, pero bastante menores en el ánimo. Y en los adultos daba igual que viniera de una persona conocida o de un profesional sanitario.
La investigadora Emese Nagy midió en 2011 los abrazos espontáneos que se vieron en los Juegos Olímpicos de 2008: duraban unos tres segundos. En 2021, un equipo de Goldsmiths, de la Universidad de Londres, pidió a los participantes de su estudio que dieran abrazos de uno, cinco o diez segundos. Los de un segundo resultaron los menos agradables y los que menos mejoraban el ánimo justo después.
Nadie necesita cronómetro, pero un abrazo que no se corta enseguida dice «no tengo prisa, estoy aquí».
No todo el mundo vive igual el contacto. A unas personas un abrazo las reconforta y a otras, en un mal momento, las agobia. Y la misma persona puede necesitarlo un día y no querer saber nada al siguiente.
Junto a alguien enfermo, el contacto puede decir lo que no sabes decir. Si además buscas palabras, hay ideas sobre qué decir a alguien que está enfermo.
En Un universo compartido no hay abrazos, pero hay algo que se le parece: un toque en la estrella de alguien que no conoces. No sabrá que fuiste tú, pero sabrá que alguien estuvo ahí.