Un universo compartido › Blog › Reír en el duelo también está permitido · English
En muchos velatorios llega un momento en que alguien cuenta algo del difunto y a la sala se le escapa una carcajada. Después, más de uno se siente culpable, como si reírse fuera faltarle al respeto. Los estudios sobre el duelo cuentan otra cosa.
En un estudio publicado en 1997, los psicólogos Dacher Keltner, de la Universidad de California en Berkeley, y George Bonanno analizaron las entrevistas de 39 personas de la zona de San Francisco, de entre 21 y 55 años, que habían perdido a su pareja hacía entre tres y seis meses. En ellas hablaban de su relación con quien había muerto, y quedaron grabadas en vídeo. Los investigadores estudiaron, gesto a gesto, los primeros minutos.
Distinguieron dos clases de risa. Una es la espontánea, la que arruga los ojos, que los investigadores llaman risa de Duchenne por el neurólogo francés que en 1862 describió qué músculos mueve la sonrisa sincera. La otra es la risa social, la que se pone por cortesía y no llega a la mirada.
Más de la mitad, 21 de las 39 personas, se rieron de verdad al menos una vez mientras hablaban de su pareja muerta. Estas personas contaban sentir menos rabia y menos angustia que las demás, tomaban algo de distancia de su dolor y recordaban su matrimonio como más armonioso. Con la risa de compromiso no pasaba nada de eso.
Los investigadores enseñaron después los vídeos, sin sonido, a grupos de estudiantes. Ante quienes se reían, los estudiantes sentían más diversión y menos frustración, y los veían mejor adaptados a su pérdida.
Pero hubo un detalle que los propios autores señalaron como un efecto desafortunado: los estudiantes estaban más dispuestos a consolar a quienes no se reían. Quien ríe en medio del duelo puede parecer que ya está bien, y recibir menos apoyo del que necesita.
Ese mismo año, Bonanno y Keltner publicaron otro trabajo con un grupo parecido, al que siguieron hasta dos años después de la muerte. Quienes habían mostrado más gestos de emociones positivas en aquella entrevista, sobre todo sonrisas sinceras, tenían menos pena a los veinticinco meses. Quienes habían mostrado más rabia en la cara tenían más pena a los catorce meses y peor salud según ellos mismos. La tristeza en la cara, en cambio, no se relacionó con cómo evolucionó el duelo: mostrarla no empeoraba nada.
Conviene leerlo con cuidado. Son estudios con menos de cuarenta personas, de hace casi treinta años, y no consta que se hayan repetido tal cual; y que dos cosas vayan juntas no prueba que una cause la otra. Puede que la risa ayude a sobrellevar la pena, y puede que quien ya la lleva un poco mejor sea quien más ríe. Lo que sí dejan claro es que reír en medio del duelo no es señal de un mal duelo ni de poco amor.
Otros estudios han visto lo mismo desde otros ángulos. La psicóloga Susan Folkman, de la Universidad de California en San Francisco, siguió a lo largo del tiempo a hombres que cuidaban de su pareja enferma de sida y que después la perdieron. Además de una angustia muy intensa, vivieron momentos buenos durante todo el cuidado y el duelo. Lo uno no quitaba lo otro.
Dale Lund y su equipo, de la Universidad de Utah, preguntaron a 292 personas de cincuenta años o más que habían enviudado hacía entre cinco y veinticuatro semanas. Nueve de cada diez dijeron que el humor era importante en su vida diaria, y tres de cada cuatro se habían reído a gusto por algo en la semana anterior. Quienes vivían más ratos de humor y de alegría tenían menos pena y menos síntomas de depresión, aunque tampoco aquí se puede saber qué causa qué.
En un estudio de 2014 dirigido por Melanie Booth-Butterfield, con 484 personas en duelo, quienes solían tirar de humor afrontaban mejor la pérdida. Y quienes estaban muy pendientes de si reírse era apropiado o de lo que dirían los demás lo llevaban peor. La pena y la risa no se excluyen: se puede echar muchísimo de menos a alguien y, en la misma tarde, reírse al recordar algo suyo.
Muchas risas del duelo tienen que ver con la persona que se fue: su manera de conducir, la frase que repetía, aquella vez que se equivocó de boda. Contarlas es una forma de recordarla como era, con sus manías y su gracia, y no solo como estaba al final.
A veces, al principio, ese mismo humor duele. En un pequeño estudio canadiense publicado en 2024, varias personas contaban que un chiste o una broma les traía de golpe la pena, porque les recordaba cuánto le gustaban las bromas a quien había muerto. Con el tiempo, para algunas, ese recuerdo pasó a ser de los buenos.
La risa puede llegar en el peor momento, por nervios, o no entenderla los demás. No todo el mundo está en el mismo punto: quien acaba de recibir la noticia puede sentirse herido por una carcajada en la sala. Si acompañas a alguien en duelo, estas ideas ayudan a acertar:
Nada de esto es una obligación. Hay días, y a veces meses, en que nada hace gracia, y eso también es normal. No hace falta forzar la sonrisa ni buscar el lado bueno. Muchas veces la risa vuelve sola, a ratos, cuando encuentra un hueco. Y cuando vuelve, no tiene por qué traer culpa: el duelo no va por fases, y un día se ríe y otro se llora.
Si pasan los meses y no encuentras ningún momento de alivio, si nada te interesa o sientes que no puedes más, habla con tu médico o con un profesional. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Si te acuerdas de algo suyo que todavía te hace reír, guárdalo en una estrella «Por alguien que ya no está». La risa, como se cuenta en por qué reímos más en compañía, pide a otros cerca; quien la lea te acompañará con una frase de memoria.