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El miedo a no hacerlo perfecto

Cuando algo pesa · 4 min de lectura · Publicado el 20 de octubre de 2026

El perfeccionismo no es querer hacer las cosas bien: es no soportar hacerlas menos que perfectas y vivir cada fallo como una prueba de que no vales. Se puede suavizar, sobre todo practicando a dar las cosas por buenas antes de que estén perfectas. Repasas diez veces el mismo mensaje. Aplazas lo que temes no bordar. Un fallo pequeño te amarga un día entero. Desde fuera parece exigencia. Por dentro es miedo.

Tres perfeccionismos

Los psicólogos Paul Hewitt y Gordon Flett, en un trabajo publicado en 1991, distinguieron tres formas: exigirse la perfección a uno mismo, exigírsela a los demás y creer que son los demás quienes la exigen de ti. En ese mismo trabajo, con 77 pacientes de psiquiatría, cada una se relacionaba de manera distinta con distintos problemas psicológicos.

La tercera tiene algo especialmente duro: quien siente que solo le querrán si no falla vive con un examen que no termina nunca.

Cada vez más frecuente

Thomas Curran y Andrew Hill reunieron en un metaanálisis de 2019 los datos de más de cuarenta mil universitarios de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido que respondieron al mismo cuestionario entre 1989 y 2016. Las tres formas de perfeccionismo aumentaron con los años. La que más creció fue la sensación de que los demás exigen más de uno.

Saberlo puede quitar un poco de peso: además de una manera de ser, es algo que se respira alrededor.

No es lo mismo que hacer las cosas bien

Querer hacer algo bien da gusto y deja disfrutar de lo conseguido. El perfeccionismo no deja disfrutar: cuando algo sale bien, solo se ve lo que faltó. Por eso a veces no lleva a hacer más, sino a aplazar o a no empezar.

Además, pesa en el ánimo. Un metaanálisis de 2017 con 284 estudios encontró que el perfeccionismo se asocia a la depresión, a la ansiedad, al trastorno obsesivo-compulsivo y a los trastornos de la conducta alimentaria, entre otros problemas. Sus autores lo ven como un factor que aparece en muchos malestares distintos.

Qué ayuda

Una forma práctica de empezar es elegir una tarea pequeña de la semana, un correo, una comida o un dibujo, y decidir de antemano cuándo se dará por terminada. Al acabar, apunta qué temías que pasara y qué pasó de verdad. Con el tiempo, esa lista va mostrando que el desastre que se anuncia casi nunca llega, y que lo «suficientemente bien» suele bastar a los demás mucho antes que a ti.

Cuando un fallo se vuelve vergüenza

Al perfeccionista le cuesta separar «me he equivocado» de «no valgo». Esa diferencia es la que hay entre la culpa, que se fija en lo que hiciste, y la vergüenza, que se fija en lo que crees que eres. Lo explicamos en el artículo sobre la culpa y la vergüenza.

Practicar con fallos pequeños, a propósito, ayuda a comprobar que equivocarse no lo rompe todo.

Puede ser algo tan sencillo como enviar un mensaje sin repasarlo una tercera vez, o dejar una tarea con un detalle sin pulir, y fijarte en lo que sientes. Es probable que la inquietud suba un rato y luego baje, y cada vez que lo compruebas, el miedo pierde un poco de terreno.

Cuándo pedir ayuda

Si el miedo a fallar te impide empezar las cosas, te quita el sueño, te lleva a controlar mucho la comida o el cuerpo, o viene con una tristeza que no se va, puede ayudarte hablarlo con tu médico de cabecera o con un psicólogo. Pedir ayuda no es otro examen que aprobar.

Decirlo tal como es

En Un universo compartido nadie corrige lo que escribes. Puedes encender una estrella con lo que te pesa, sin que tenga que quedar bien dicho, en 280 caracteres como mucho y sin que nadie sepa quién eres.

Otras personas podrán acompañarla con un toque o con unas palabras, y si un día te sale bien eso que temías, puedes volver y contarlo.

Fuentes

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