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Las pequeñas alegrías del día no borran los problemas, pero dan respiro, y los estudios sugieren que las emociones agradables de cada día ayudan a llevar mejor el estrés y a recuperarse antes de él. Los grandes acontecimientos llegan pocas veces. La vida de cada día está hecha de cosas pequeñas: unas molestan y otras alegran. Y las dos pesan más de lo que solemos creer.
A principios de los años ochenta, el equipo del psicólogo Richard Lazarus hizo algo nuevo: en lugar de fijarse solo en los grandes golpes de la vida, preguntó a un grupo de adultos de mediana edad, una vez al mes durante diez meses, por las contrariedades de cada día y también por sus pequeñas alegrías. Lo publicaron Kanner, Coyne, Schaefer y el propio Lazarus en el Journal of Behavioral Medicine en 1981.
Vieron que lo pequeño de cada día, sobre todo las contrariedades, decía más sobre cómo se encontraba una persona que los grandes acontecimientos. Con las alegrías, el resultado fue menos claro: se relacionaban algo con el estado de ánimo, pero no aparecieron como una protección frente al malestar: en los hombres no tenían que ver con los síntomas y en las mujeres incluso iban unidas a más. Aquel estudio abrió la pregunta más que cerrarla.
Años más tarde, Folkman y Moskowitz revisaron lo que se sabía sobre cómo se sobrelleva el estrés que dura mucho tiempo. En su artículo de 2000 en American Psychologist explican que, incluso en los periodos más duros, las emociones agradables aparecen junto a las difíciles, y que cumplen una función: ayudan a seguir adelante.
En 2006, Ong y su equipo siguieron día a día a personas adultas, entre ellas viudas recientes. Su estudio encontró que las emociones positivas de cada día suavizaban la reacción a los momentos de estrés y ayudaban a recuperarse de ellos.
Las pequeñas alegrías no borran los problemas. Lo que hacen es dar respiro: un rato en que el cuerpo y la cabeza descansan. Y quien descansa a ratos aguanta mejor lo que viene.
No hace falta que sean especiales. Un rato de sol en la cara, una canción que te gusta, una conversación que se alarga, la ropa recién tendida. Lo que cuenta es que te des cuenta de ellas.
Si te gusta la idea de repasar el día por la noche, hay un ejercicio muy estudiado que la convierte en costumbre: las tres cosas buenas.
Se parecen, pero no son lo mismo. Las pequeñas alegrías son lo que te pasa: el mensaje, el café, el rato de sol. Saborear es lo que haces con ello: detenerte, prestarle atención y hacer que dure un poco más.
Una alegría pequeña que se saborea deja más huella que una que pasa de largo. Cómo hacerlo, antes, durante y después, se cuenta en saborear los buenos momentos.
Hay temporadas en que cuesta encontrar alguna, y no es culpa tuya. A veces basta con algo mínimo: un vaso de agua fresca, que alguien te ha sonreído. Otras veces ni eso, y también es comprensible.
Si pasan las semanas y nada te alegra, ni lo que antes te gustaba, puede ser algo más que una mala racha, y merece la pena contárselo a tu médico de cabecera o a un psicólogo. Si lo estás pasando muy mal, puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito, confidencial y te atienden las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, llama al 112.
En Un universo compartido no hace falta esperar a algo grande para encender una estrella con «Lo que agradezco». Una alegría pequeña también merece brillar, y otras personas podrán alegrarse contigo.