Un universo compartido › Blog › Para qué sirve la tristeza · English
Por todas partes llegan mensajes que invitan a estar bien, a sonreír, a pasar página cuanto antes. La tristeza parece un estorbo que conviene quitarse de encima. Y, sin embargo, es una de las emociones más antiguas que existen, y la psicología lleva años preguntándose para qué sirve.
La tristeza suele llegar después de una pérdida, una decepción o algo que no salió como esperabas. Vuelve a la gente más callada, le quita energía y la lleva a recogerse un poco. Las teorías que estudian la evolución de las emociones sostienen que todas tienen una función, también las incómodas.
El psicólogo Joseph Forgas, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney, ha pasado décadas estudiando en el laboratorio cómo el estado de ánimo cambia la manera de pensar, y se ha fijado especialmente en la tristeza. Su método es sencillo: pone a las personas un poco tristes o un poco contentas, con música o pidiéndoles que recuerden algo, y después les encarga una tarea.
En muchas de esas tareas, la tristeza leve salía bien parada:
Forgas lo resumió en 2013 en un artículo con un título provocador, «¡No te preocupes, estate triste!». Su explicación: el buen humor invita a fiarse de lo que ya se sabe y a pensar a grandes rasgos; la tristeza leve invita a mirar hacia fuera, atender a los detalles y revisar.
Conviene leerlos con calma. Son experimentos con tristezas pequeñas y pasajeras, provocadas a propósito, y no demuestran que estar triste sea mejor que estar contento. El propio Forgas parte de la idea de que cada estado de ánimo sirve para cosas distintas, y el buen humor tiene sus propias ventajas. Algunos efectos son modestos: la mejora en la memoria de los testigos, por ejemplo, no basta para que sus declaraciones sean fiables.
Y hay un límite claro. Una tristeza honda que se alarga semanas no ayuda a pensar mejor; entre las señales de la depresión está, justamente, la dificultad para concentrarse.
La Organización Mundial de la Salud distingue entre los cambios de ánimo de la vida diaria y la depresión. En un episodio depresivo, el ánimo bajo o la falta de interés por casi todo duran la mayor parte del día, casi todos los días, durante al menos dos semanas, y suelen venir con otras señales: culpa excesiva o sensación de no valer, desesperanza, cambios en el sueño y el apetito, mucho cansancio, pensamientos de muerte.
Los investigadores Allan Horwitz y Jerome Wakefield defendieron en 2007, en el libro The Loss of Sadness, que desde 1980 se ha confundido a menudo la tristeza normal ante una pérdida con un trastorno. Su libro recuerda algo sensato: estar triste por algo triste no es estar enfermo.
Si la tristeza no se va, si lo ocupa todo o si aparecen pensamientos de muerte, habla con tu médico. Y no lo lleves solo o sola. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Lo contrario de huir de la tristeza no es hundirse en ella. Es dejarla estar el tiempo que necesite, sin pelearse con ella.
Hay datos que apoyan esta idea. Un equipo de las universidades de Toronto y de California en Berkeley, con Brett Ford e Iris Mauss, reunió en un artículo de 2018 tres estudios con más de mil trescientas personas: quienes solían aceptar sus emociones y pensamientos difíciles sin juzgarlos sentían menos malestar ante los problemas del día a día y, seis meses después, tenían mejor salud psicológica. En la Universidad de Queensland, en Australia, el equipo de Brock Bastian encontró algo complementario: cuando la gente cree que los demás esperan verla siempre bien, se siente triste más a menudo y con más intensidad. La tristeza pesa más cuando encima te avergüenzas de ella.
Algunas maneras de dejarla estar:
No hace falta estar bien para pasar por Un universo compartido. Una estrella con «Lo que me pesa» basta para decir que hoy estás triste, sin explicar más. La tristeza seguirá ahí, pero quizá alguien te deje un toque.