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Lo que hace una amistad

Agradecer y alegrarse · 5 min de lectura · Publicado el 28 de octubre de 2026

Nadie se hace amigo íntimo de otra persona en una tarde. Hace falta tiempo, bastante más del que solemos pensar, y además un tiempo de cierta clase. Dos investigadores lo han medido de maneras distintas, y lo que han encontrado ayuda a entender por qué los amigos de verdad son pocos y valen tanto.

Los círculos de la amistad

El antropólogo británico Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, es conocido por un número: 150. En 1992, comparando en distintos primates el tamaño relativo de la corteza cerebral con el de sus grupos, calculó que una persona puede mantener unas 150 relaciones estables. Con los años, él y su equipo describieron cómo se ordenan esas relaciones, en círculos que van de dentro afuera:

Más allá quedan los conocidos, unos 500, y las caras que te suenan, unas 1.500. Cada círculo tiene su ritmo: según Dunbar, para que la relación se mantenga, las personas del círculo de cinco suelen verse más o menos una vez a la semana; las del de quince, una vez al mes, y las del de ciento cincuenta, al menos una vez al año.

El número 150 no es una ley exacta. En 2021, unos investigadores de Estocolmo repitieron los cálculos con otros métodos y obtuvieron cifras muy distintas, con márgenes tan amplios que, según ellos, no tiene sentido fijar un número. Dunbar y su equipo, por su parte, siguen encontrando esa estructura de pocas personas muy cerca y muchas más lejos en datos de muy distinto tipo.

Adónde se va el tiempo

Dunbar calcula que cerca del 40 % de nuestro tiempo y esfuerzo social va a las cinco personas más cercanas, y otro 20 % a las diez siguientes. Es decir, el 60 % se reparte entre solo quince personas. El tiempo no da para más, y por eso las amistades íntimas son pocas.

Esto quita una culpa a mucha gente: tener pocos amigos de verdad es lo normal. Según Dunbar, el número de amigos íntimos que mejor se asocia con la salud y el bienestar ronda los cinco. Y la calidad de esas pocas relaciones pesa más que su número, como muestra el estudio de Harvard que se cuenta en lo que de verdad hace una vida buena.

Las horas que hacen falta

Jeffrey Hall, de la Universidad de Kansas, quiso ponerle cifra a ese tiempo. En 2018 preguntó a 355 adultos que se habían mudado hacía poco cuántas horas habían pasado con una persona conocida después de la mudanza y qué relación tenían con ella. Después siguió durante nueve semanas a 112 estudiantes que empezaban la universidad.

Según sus cálculos, hacen falta unas 50 horas juntos para pasar de conocido a amigo ocasional, unas 90 para llegar a amigo y más de 200 para que alguien sea un amigo íntimo. Son cifras aproximadas, sacadas de lo que la gente recordaba, pero dan una idea: una amistad cercana se hace con meses de ratos compartidos.

No todas las horas cuentan igual. Las del trabajo sumaban poco; las de ocio, mucho más: pasar el rato, bromear, hacer algo juntos por gusto. En los estudiantes, además, ciertas formas de charla corriente acercaban. Hall sugería cambiar de escenario: si alguien te cae bien en el trabajo, proponerle algo fuera de él.

Por qué se enfrían las amistades

Sam Roberts y Robin Dunbar siguieron durante 18 meses a 25 jóvenes ingleses que terminaban el instituto y se iban a la universidad o a trabajar. Con la familia, la cercanía aumentó. Con los amigos, en cambio, bajó. Lo que frenaba ese enfriamiento era el esfuerzo: hablar más a menudo o hacer más cosas juntos. En ese grupo, a las chicas les servía sobre todo lo primero y a los chicos lo segundo; con tan pocas personas, lo que queda es que hay más de una manera de cuidar una amistad.

Según Dunbar, cuando dos amigos dejan de verse, la cercanía baja de forma medible en pocos meses, aunque probablemente hacen falta unos tres años sin contacto para que alguien de los círculos cercanos salga del todo de esos 150. Los mensajes ayudan a que el enfriamiento sea más lento, pero a la larga las amistades de verdad necesitan verse en persona de vez en cuando.

Las amistades de siempre

Las amistades largas tienen algo que no se improvisa: una historia en común. Quien te conoce desde hace treinta años sabe de dónde vienes sin que se lo expliques. Cuidarlas no pide grandes gestos:

Si te cuesta hacer amigos

De adulto, hacer amigos nuevos cuesta más, y no es culpa tuya: el trabajo, la familia y el cansancio dejan pocas horas libres, y una amistad pide muchas. Por eso ayudan las actividades que se repiten cada semana con la misma gente, como un grupo, una clase o un voluntariado: las horas se van sumando casi sin darte cuenta.

Si la falta de compañía te pesa, hay más ideas en la soledad no deseada.

Ese café pendiente

Ese amigo o esa amiga que sigue ahí después de tantos años se merece unas palabras. Puedes dejárselas en una estrella «Por alguien» con «Lo que agradezco». Y después, llamarle para ese café que lleváis tiempo aplazando.

Fuentes

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