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«Deja ya la cámara y disfruta». Se oye en bodas, viajes, cumpleaños y funciones del colegio, y parece de sentido común: quien está pendiente de la foto se pierde lo que pasa. Cuando un grupo de investigadores lo puso a prueba, encontró algo más interesante.
En 2016, Kristin Diehl, de la Universidad del Sur de California, Gal Zauberman, de la Universidad de Yale, y Alixandra Barasch, de la Universidad de Pensilvania, publicaron nueve experimentos con más de dos mil personas, unos en la calle y otros en el laboratorio. Los participantes hacían una actividad, como una visita turística en autobús, una comida en una zona de restaurantes o un recorrido por una exposición, y a unos se les pedía que hicieran fotos y a otros que no.
En casi todos los casos, quienes hacían fotos disfrutaban más. La razón no era la foto en sí, sino lo que lleva consigo: para elegir qué fotografiar, uno se fija más. En la exposición, unas gafas que registraban hacia dónde iba la mirada mostraron que quienes hacían fotos pasaban más tiempo mirando las piezas.
A otro grupo le pidieron que hiciera fotos solo con la mente, sin cámara, eligiendo qué momento guardar. También disfrutó más.
El efecto tenía límites claros:
Los autores advierten además de que las cámaras que graban solas, sin que nadie decida qué guardar, difícilmente tendrían el mismo efecto. Lo que suma es la elección.
En 2018, el mismo equipo, con Barasch al frente, publicó cinco experimentos sobre otra pregunta: ¿cambia algo hacer la foto pensando en compartirla? La respuesta fue que sí. Quienes fotografiaban para enseñar después las imágenes, por ejemplo en las redes sociales, disfrutaban menos que quienes lo hacían para guardar el recuerdo. Pensar en cómo iban a quedar ante los demás les metía una preocupación en medio de la experiencia y los sacaba de ella.
El efecto dependía de para quién eran las fotos: cuando eran para personas cercanas, pesaba menos. Lo que resta no parece ser compartir, sino la preocupación por quedar bien ante los demás. Contárselo a los tuyos, en cambio, es una de las maneras de hacer más grande una alegría.
Otra cosa es el recuerdo. En 2014, la psicóloga Linda Henkel, de la Universidad de Fairfield, en Estados Unidos, llevó a un grupo de estudiantes por el museo de arte de su universidad y les pidió que fotografiaran unas piezas y se limitaran a mirar otras. Al día siguiente recordaban peor las que habían fotografiado enteras: menos piezas y menos detalles. Henkel lo explicó así: cuando confiamos en que la cámara recordará por nosotros, prestamos menos atención. Pero cuando les pidió que se acercaran con el zum a un detalle concreto, ese olvido desaparecía.
En 2017, Barasch, Diehl y Zauberman, con otro colega, encontraron que cuando cada uno decide libremente qué fotografiar, recuerda mejor lo que vio. Lo que se resiente es lo que oyó: las conversaciones, los sonidos, la música de fondo. Y, otra vez, hacer fotos solo con la mente tenía efectos parecidos.
La cámara guía la atención: se queda lo que miras con intención y se escapa lo que no.
Hacer la foto es solo la mitad. Henkel recordaba que la enorme cantidad de fotos que guardamos, y el desorden en que quedan, hace que mucha gente no vuelva a mirarlas. Para recordar, decía, conviene volver a ellas, no solo acumularlas.
Volver a un buen momento es una de las formas de saborearlo que ha estudiado la psicología. Algunas ideas para que las fotos no se queden dormidas:
Hay momentos que no caben en el móvil. Ese también puedes guardarlo, en palabras, en una estrella de Un universo compartido con «Lo que agradezco». Durante siete días alguien podrá alegrarse contigo.