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Esperanza y optimismo no son lo mismo

Esperar y tener esperanza · 6 min de lectura · Publicado el 29 de octubre de 2026

Las cosas pintan mal, lo sabes, y aun así sigues esperando que salgan bien. Nadie diría que estás siendo optimista. Esa mezcla de saber que puede salir mal y seguir apostando por que salga bien tiene un nombre, y la psicología ha visto que no es el mismo que el del optimismo.

Dos palabras que se confunden

En el habla de cada día, «tener esperanza» y «ser optimista» parecen decir lo mismo. En psicología también se han mezclado durante años: hubo clasificaciones de las fortalezas humanas que las agrupaban en una sola, y capítulos dedicados al optimismo que llevaban la palabra «esperanza» en el título.

El optimismo tiene una definición bastante clara. Los psicólogos Michael Scheier y Charles Carver lo describieron en 1985 como una expectativa general de que las cosas van a salir bien: una manera de mirar el futuro que la persona lleva consigo a casi todas partes. La pregunta es qué queda cuando esa expectativa no se sostiene, cuando los datos no acompañan y, aun así, algo sigue tirando de ti hacia delante.

Tres estudios con historias reales

En 2005, los psicólogos Patricia Bruininks y Bertram Malle publicaron tres estudios para ver en qué se distingue la esperanza de otros estados parecidos: el optimismo, querer algo, desearlo con fuerza, el «ojalá» de lo que se sueña y la alegría.

Primero pidieron a 52 estudiantes universitarios que explicaran qué entendían por cada una de esas palabras. Después, 87 estudiantes contaron una ocasión real en la que habían sentido cada cosa y puntuaron tres aspectos: lo importante que era para ellos lo que esperaban, lo probable que les parecía al principio y cuánto dependía de ellos que saliera bien. Por último, otro grupo leyó casi trescientas de esas historias, con la palabra clave tapada, y tuvo que adivinar de qué hablaba cada una.

Importancia, probabilidad y control

La gran mayoría describió el optimismo como una manera de pensar: mirar el lado bueno, confiar en que todo irá bien. La esperanza, en cambio, la describieron más a menudo como algo que se siente que como algo que se piensa.

Al comparar las historias aparecieron tres diferencias. Lo que se esperaba con esperanza era más importante para quien lo esperaba, le parecía menos probable y dependía menos de lo que pudiera hacer. El optimismo aparecía más en situaciones en las que la persona sentía que tenía las riendas.

Los propios autores lo explicaban con ejemplos sencillos:

El estudio tiene un límite: los participantes eran estudiantes universitarios de Estados Unidos, y lo que se estudió es cómo entienden y viven esas palabras. Aun así, la distinción ayuda a poner nombre a algo que se vive a menudo.

Cuando no está en tu mano

Lo más interesante del trabajo es el papel del control. Buena parte de la psicología de la esperanza, como la teoría de Charles Snyder que se cuenta en qué es la esperanza según la psicología, la entiende a partir de metas y caminos: saber adónde quieres ir y ver cómo llegar. Bruininks y Malle señalaban que eso deja fuera una parte de la experiencia: la esperanza de quien apenas puede hacer nada.

Muchas de las cosas que más esperamos son de ese tipo: que una operación salga bien, que un hijo encuentre su camino, que alguien con quien hemos discutido quiera volver a hablar. Ya en 1990, el psicólogo James Averill y su equipo habían visto que la gente espera a menudo cosas que dependen de otros, como el bienestar de una persona querida, y que la esperanza cuesta frenarla: muchas personas decían que no podían evitar esperar.

Eso explica por qué a veces se espera contra pronóstico. En los estudios de Bruininks y Malle, la esperanza aparecía también cuando las probabilidades no estaban a favor, y lo que parecía sostenerla era lo mucho que importaba lo esperado.

Esperar no es soñar despierto

El estado más cercano a la esperanza resultó ser el «ojalá», el deseo de algo poco probable. Pero los autores vieron una diferencia: lo que se sueña suele saberse casi imposible desde el principio, como que te toque la lotería, y se deja de pensar en ello enseguida. La esperanza, en cambio, guarda alguna expectativa de que ocurra, y por eso se sigue pensando en lo esperado, se le dedica tiempo y se le pone cariño.

Por eso la esperanza también puede cansar. Mantener algo importante en el centro de la atención, sin poder resolverlo, pide mucha energía, y notarlo no quiere decir que estés esperando mal.

Václav Havel y la esperanza

El escritor checo Václav Havel pasó casi cuatro años en la cárcel, entre 1979 y 1983, por su oposición al régimen comunista de su país. Años después fue presidente de Checoslovaquia y, más tarde, de la República Checa. A mediados de los años ochenta, en unas largas conversaciones con el periodista Karel Hvížďala que luego se publicaron como libro, habló de la esperanza.

Para Havel, tener esperanza no era estar convencido de que algo va a salir bien. Era saber que lo que uno hace o espera vale la pena, aunque no se sepa cómo terminará. La veía como algo que se lleva dentro y no como algo que dependa de cómo vayan las cosas fuera, y por eso pensaba que podía tenerse en situaciones en las que no había ningún motivo para ser optimista.

Lo que contaba Havel desde su experiencia coincide con lo que encontraron Bruininks y Malle con sus cuestionarios: la esperanza no necesita buenas probabilidades para existir.

Esperar sin obligarte a ser optimista

Saber que son dos cosas distintas tiene consecuencias prácticas:

Esperar aunque no salgan las cuentas

La esperanza no necesita que todo cuadre. Escribe lo que esperas en una estrella con «Lo que espero», por ti o por alguien a quien quieres. Las palabras de esperanza que otros te dejen no cambiarán lo que venga, pero te acompañarán mientras llega.

Fuentes

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