Un universo compartido › Blog › El optimismo se aprende · English
Ser más optimista se puede aprender, y no consiste en pensar que todo saldrá bien, sino en cómo te explicas lo malo que te pasa: como algo que durará siempre, que lo estropea todo y que es culpa tuya, o como algo pasajero, limitado y con varias causas. Esa explicación se puede revisar con práctica. Dos personas pierden el mismo trabajo. Una piensa «no valgo, siempre me pasa igual». Otra piensa «ha sido un mal momento de la empresa; encontraré otro». La diferencia no está en lo que les ha pasado, sino en cómo se lo cuentan.
El psicólogo Martin Seligman estudió durante años esa manera de explicarse lo que ocurre, que se conoce como estilo explicativo. Con Christopher Peterson publicó en 1984 un artículo que proponía ese estilo como un factor de riesgo de depresión.
Ante algo malo nos hacemos, sin darnos cuenta, tres preguntas: ¿va a durar siempre o es pasajero?, ¿lo estropea todo o solo una parte?, ¿es culpa mía o han influido otras cosas?
Un metaanálisis de 1986 que reunió 104 estudios con casi quince mil personas lo comprobó: explicar lo malo como algo propio, duradero y que lo abarca todo iba unido a la depresión de forma clara y repetida. Con lo bueno pasaba al revés, aunque con menos fuerza: quien lo atribuía a la suerte, a algo pasajero o a un detalle aislado también tendía a estar peor.
Quien responde «siempre», «todo» y «yo» se hunde con más facilidad. Son asociaciones: no prueban por sí solas que esa forma de pensar cause la tristeza, pero sí que van juntas.
Esa forma de explicarse no es un destino: se puede aprender a revisarla. En la Universidad de Pensilvania se creó un programa que enseña a chicos de 9 a 14 años a detectar sus pensamientos, comprobar si son ciertos y buscar otras explicaciones. Según la propia universidad, en unos veinte estudios controlados ha prevenido o reducido síntomas de depresión y ansiedad, aunque reconoce que algunos resultados no han sido coherentes.
No se trata de engañarse ni de repetir frases alegres, sino de discutir con uno mismo como discutiríamos con alguien que nos acusa sin pruebas.
Al principio cuesta, porque la explicación pesimista llega sola y muy rápido. Con práctica, puede que esa pausa para revisar empiece a llegar antes. Si los pensamientos se quedan dando vueltas sin parar, quizá te ayude leer sobre la rumiación y cómo salir de ella.
No es negar los problemas ni obligarse a estar bien. Hay días en que la explicación triste es la verdadera. El optimismo que se aprende consiste en no añadir a lo que duele un «siempre» y un «todo» que no son ciertos.
Tampoco consiste en echar siempre la culpa fuera. Reconocer la parte que te toca es sano; lo que pesa es convertir un error en la prueba de que todo en ti está mal.
Tampoco es exactamente lo mismo que la esperanza, aunque se parezcan. De ella hablamos en el artículo sobre la esperanza.
Si las explicaciones tristes se han vuelto la única manera de mirar lo que te pasa, o vienen con un ánimo bajo que dura semanas, merece la pena hablarlo con tu médico de cabecera o con un psicólogo. Revisar los pensamientos con alguien que sabe hacerlo es más fácil que hacerlo sin ayuda.
En Un universo compartido puedes encender una estrella con «Lo que espero», sin nombres y sin que nadie sepa quién eres. Y a veces son las frases que te dejan los demás las que te prestan el optimismo que hoy no tienes.
Si lo que esperabas llega, puedes volver y contar que ha salido bien, y dar las gracias a quienes te acompañaron.