Un universo compartido › Blog › Por qué no ayudamos cuando hay más gente · English
Un hombre se marea en el andén del metro y se sienta en el suelo. Hay veinte personas cerca. Casi todas lo ven, y casi todas miran a las demás para saber si es grave. Pasan unos segundos muy largos hasta que alguien se acerca.
En 1968, los psicólogos John Darley y Bibb Latané publicaron un experimento que sigue apareciendo en los manuales de psicología social. Invitaban a estudiantes de la Universidad de Nueva York a una conversación sobre la vida universitaria. Cada uno estaba en una cabina separada y hablaba con los demás por un intercomunicador, por turnos.
En realidad no había nadie más: las otras voces eran grabaciones. En un momento dado, uno de los supuestos compañeros empezaba a hablar con dificultad y parecía sufrir un ataque epiléptico. Lo único que cambiaba de una vez a otra era cuántas personas creía el participante que estaban oyendo lo mismo.
Cuando creía que solo lo oía él, el 85 % salió de la cabina a avisar antes de que terminara el ataque. Cuando creía que había otra persona escuchando, el 62 %. Cuando creía que eran cuatro más, el 31 %. Y cuanta más gente creían que había, más tardaban en reaccionar quienes sí lo hacían.
Lo más llamativo fue lo que no encontraron. Las pruebas de personalidad no servían para saber quién iba a ayudar y quién no. Los autores concluyeron que la falta de reacción no se explicaba por frialdad o desinterés hacia la víctima, sino por algo de la situación: saber que había otros.
Lo llamaron difusión de la responsabilidad. Si estás solo o sola ante un apuro, la responsabilidad es entera tuya. Si sois cinco, cada uno siente que le toca un trozo pequeño, y además supone que otro ya habrá hecho algo.
Ese mismo año, Latané y Darley publicaron otro estudio en el que una sala empezaba a llenarse de humo. De quienes estaban solos, el 75 % salió a avisar. De quienes estaban con dos personas que, por encargo de los investigadores, seguían tan tranquilas, solo el 10 %.
Ahí aparece la otra trampa. Cuando algo es raro y no sabemos si es grave, miramos a los demás para decidir. Si todos aparentan calma, cada uno concluye que no pasa nada, aunque por dentro todos estén dudando.
En 1970, Latané y Darley reunieron sus trabajos en un libro y describieron la ayuda como una cadena de pasos. Si falla uno, la ayuda no llega:
La presencia de otros puede romper la cadena en varios de esos puntos: distrae, hace que lo urgente parezca normal y reparte la responsabilidad hasta dejarla casi en nada.
Estos estudios nacieron, en parte, de un suceso de 1964 en Nueva York: el asesinato de una joven, Kitty Genovese. Un periódico publicó entonces que decenas de vecinos lo habían presenciado sin hacer nada, y esa versión se repitió durante décadas en libros y clases.
En 2007, los psicólogos Rachel Manning, Mark Levine y Alan Collins revisaron los documentos del juicio y de la policía, y concluyeron que no había pruebas de que hubiera treinta y ocho testigos, ni de que vieran el crimen, ni de que se quedaran sin hacer nada: al menos un vecino gritó al agresor, y es posible que alguien llamara a la policía. En 2016, el propio periódico reconoció que su relato había exagerado mucho el número de testigos y lo que habían llegado a percibir.
El efecto espectador existe y se ha comprobado muchas veces en el laboratorio. Pero la imagen de una multitud que mira hacia otro lado es más sombría de lo que dicen los datos.
En 2019, un equipo dirigido por Richard Philpot, de la Universidad de Lancaster, analizó 219 discusiones y peleas reales grabadas por cámaras de vigilancia en Ámsterdam, Lancaster y Ciudad del Cabo. En el 91 % de los casos, al menos una persona intervino: pidió calma, se puso en medio o consoló a la víctima. Y cuanta más gente había alrededor, más probable era que alguien ayudara.
No contradice a Darley y Latané. Cada persona, por separado, puede sentirse menos llamada a actuar cuando hay más gente; pero entre muchos es más fácil que alguien dé el paso. Además, una revisión de estudios dirigida por Peter Fischer en 2011, con datos de más de 7.700 participantes, encontró que el efecto se debilita cuando la situación se percibe como peligrosa, y que en algunas emergencias peligrosas llega a desaparecer.
Saber que existe ya ayuda a no caer en él. Y hay gestos sencillos que deshacen el reparto de responsabilidad:
Y si eres tú quien necesita ayuda en la calle, vale lo mismo: elige a alguien con la mirada y pídeselo a esa persona.
El efecto espectador no ocurre solo en las emergencias. Pasa en un grupo de mensajes cuando alguien cuenta que está mal y todos suponen que otro le escribirá en privado. Pasa en las familias, con el «seguro que su hermana ya la ha llamado». Pasa con el vecino al que hace días que nadie ve.
Preguntar una vez de más tiene poco coste. Dar por hecho que otro lo hará puede dejar a alguien sin nadie. A veces, la amabilidad de un desconocido llega justo cuando nadie más se había dado por aludido.
En un cielo lleno de estrellas también es fácil pensar que otros ya habrán pasado por cada una. Por eso existe «Acompaña a quien lo necesita», que te lleva a las que menos compañía han tenido. Tu toque puede ser el primero.