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Si estás agotado o agotada de cuidar a un familiar, no es debilidad: los estudios muestran que quien cuida tiene más estrés y más tristeza que quien no lo hace, y que lo que más alivia es no cargar con todo sin ayuda. Pedir apoyo concreto a la familia, guardar un rato propio y preguntar por las ayudas públicas marca diferencias. Quien cuida a un padre con demencia, a una pareja enferma o a un hijo que necesita atención constante suele ser la última persona por la que alguien pregunta. Y es también quien más lo necesita.
El gerontólogo Steven Zarit fue de los primeros en estudiar lo que les pasa a quienes cuidan. En un trabajo publicado en 1980 con Karen Reever y Julie Bach-Peterson, estudió a familiares que cuidaban a personas mayores con demencia y habló de carga del cuidador: el peso, físico y emocional, que se va acumulando.
Encontraron algo que sigue siendo útil hoy. La carga no dependía tanto de lo difíciles que fueran los problemas de conducta de la persona cuidada como de la compañía que tenía quien cuidaba: era menor cuando otros familiares visitaban más a menudo al enfermo.
En 2003, Martin Pinquart y Silvia Sörensen reunieron 84 estudios que comparaban a personas que cuidaban a mayores dependientes con personas que no cuidaban. Quienes cuidaban tenían más estrés y más síntomas de depresión, se sentían menos capaces y con menos bienestar. Su salud física también era algo peor, aunque esa diferencia era pequeña.
Las diferencias eran mayores entre quienes cuidaban a alguien con demencia. Si te reconoces aquí, no es que lo estés haciendo mal: es lo que le pasa a mucha gente que sostiene una carga así.
Conviene escucharlas pronto, antes de que el cuerpo diga basta:
Lo que encontró Zarit apunta a algo sencillo: la compañía de otros alivia. Algunas ideas:
En España, la Ley 39/2006 de atención a las personas en situación de dependencia recoge un catálogo de servicios entre los que están la teleasistencia, la ayuda a domicilio, los centros de día y de noche y la atención residencial. También contempla una prestación económica para cuando la persona dependiente es atendida por su entorno familiar.
Los trámites y los plazos pueden variar según dónde vivas. Para empezar, puedes preguntar en los servicios sociales de tu ayuntamiento o en tu centro de salud. Es un trámite que a veces cansa, pero puede aliviar mucho.
Casi todas las personas que cuidan sienten culpa: por cansarse, por enfadarse, por desear a veces que acabe. No son malas personas. Son personas agotadas.
Tratarte con la misma comprensión que tendrías con otra persona en tu lugar también se aprende. En autocompasión hay ideas para empezar a hacerlo.
Si notas que la tristeza no se va, que no duermes, que todo te da igual o que a veces piensas que no puedes seguir, cuéntaselo a tu médico de cabecera. Cuidar de ti es también cuidar de la persona a la que quieres. Si lo estás pasando muy mal, puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito, confidencial y te atienden las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, llama al 112.
En Un universo compartido puedes encender una estrella «Por alguien» por la persona a la que cuidas. Y también una «Por mí», por ti, que estás sosteniendo mucho.
Bastan unas líneas, sin nombres. Otras personas la acompañarán con un toque o con unas palabras, y podrás ver cuántas veces lo han hecho. Brilla siete días, y si quieres, puedes mantenerla encendida otros siete.