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Cuando te comparas con los demás

Cuando algo pesa · 4 min de lectura · Publicado el 18 de octubre de 2026

Para dejar de compararte tanto con los demás ayuda, primero, darte cuenta de cuándo lo haces y, después, cambiar la medida: mirarte a ti hace un tiempo en lugar de mirar a otra persona hoy. Compararse es tan automático que casi no nos damos cuenta de que lo estamos haciendo. Ves la vida de otra persona y la tuya te parece menos: menos lograda, menos alegre, menos de todo.

Por qué nos comparamos

El psicólogo Leon Festinger lo explicó en su teoría de la comparación social, publicada en 1954: las personas nos comparamos con los demás para saber cómo vamos y qué tal se nos dan las cosas. No es un defecto. Es la manera que tenemos de orientarnos.

El problema aparece cuando la comparación deja de servir para orientarse y se convierte en una forma de juzgarse.

Hacia arriba y hacia abajo

Los estudios posteriores distinguen dos direcciones. Compararse con quien parece ir mejor puede animar, pero muchas veces deja la sensación de quedarse corto. Compararse con quien va peor alivia un momento, pero no cambia nada de lo tuyo. Las dos tienen la misma pega: ponen la medida fuera.

Un gran metaanálisis de 2018 que repasó más de sesenta años de investigación encontró dos cosas que ayudan a entenderlo. La primera: cuando nada nos amenaza, tendemos a mirar hacia arriba, a quien va mejor. La segunda: la reacción más habitual es el contraste. Si el otro parece mejor, nos vemos peor; si parece peor, nos vemos mejor. Por eso mirar siempre hacia arriba, que es lo que más hacemos, suele dejarnos por debajo.

La trampa de las redes

En las redes sociales comparamos nuestra vida entera, con sus días malos, con los mejores momentos de los demás, elegidos y retocados. Es una comparación que no se puede ganar.

En un estudio de 2017 con casi setecientos jóvenes, quienes pasaban más tiempo mirando las redes sin participar hacían más comparaciones hacia arriba, y esas comparaciones iban unidas a una autoestima más baja y a un menor bienestar. Los autores recuerdan que otro estudio anterior encontró algo parecido. Son datos de un solo momento, así que no prueban que las redes sean la causa, pero sí apuntan a por dónde se cuela el malestar.

Una forma sencilla de comprobarlo contigo es fijarte en cómo te sientes después de un rato mirando. Si sales peor, puedes probar a acortar ese rato o a escribir y responder más que mirar.

Lo que ayuda

Si te cuesta ver cuándo te comparas, puedes probar durante una semana a apuntarlo cada vez: con quién, en qué y cómo te has quedado después. Muchas veces aparece un patrón, unas pocas personas y unos pocos temas, y saberlo permite elegir dónde poner menos atención.

Hablarte con más cariño

Detrás de muchas comparaciones hay una voz interior muy dura, que nunca encuentra suficiente lo que haces. Ayuda notar en qué tono te hablas cuando te comparas y preguntarte si le hablarías así a alguien a quien quieres.

Esa forma de tratarse con la misma amabilidad que a los demás se estudia con el nombre de autocompasión, y no tiene nada que ver con darse pena.

Cuando compararte te hace daño

Si la sensación de valer menos que los demás te acompaña casi todos los días, te quita las ganas de hacer cosas o viene con una tristeza que no se va, merece la pena hablarlo con tu médico de cabecera o con un psicólogo. No es una exageración pedir ayuda por algo así.

Lo que hay detrás de cada estrella

En Un universo compartido nadie enseña su mejor foto. Cada estrella es lo que una persona lleva de verdad, y al leerlas se ve que casi todos cargamos con algo.

Si quieres, puedes encender la tuya con «Lo que me pesa», sin nombres y sin que nadie sepa quién eres, y dejar que otras personas la acompañen con un toque o con unas palabras.

Fuentes

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