Un universo compartido › Blog › Cada uno llora a su manera · English
En la misma casa, la misma tarde, una persona llora y necesita hablar de quien ha muerto, y otra se pone a arreglar el grifo que goteaba desde hacía meses. La primera mira a la segunda y se pregunta si de verdad le importa. Casi siempre le importa, y mucho: solo lo lleva de otra manera.
El especialista en duelo Kenneth Doka y el psicólogo Terry Martin, que han dedicado buena parte de su vida a estudiar la pérdida y a formar a quienes acompañan en ella, describieron dos estilos de vivir el duelo. No hablan de duelos mejores o peores, sino de maneras distintas de sentir la pérdida y de expresarla.
Casi nadie está en un extremo. La mayoría tiene algo de los dos, con uno que pesa más, y una misma persona puede vivir de manera distinta dos pérdidas diferentes. Doka insiste en que quien hace en vez de llorar no siente menos: lo siente de un modo más contenido.
Su primer libro sobre esta idea, publicado en inglés hacia el año 2000, llevaba un título que repetía un tópico para desmontarlo: «Los hombres no lloran, las mujeres sí». El subtítulo aclaraba la intención: superar los estereotipos de género en el duelo. En 2010 lo revisaron y le pusieron otro título, que en castellano sería «El duelo más allá del género».
Según Doka, en las culturas occidentales es probable que más hombres se inclinen por el estilo instrumental, pero el sexo influye y no decide. Pesan también el carácter, la familia en que cada uno se crió, la cultura y lo que se aprendió de pequeño sobre las lágrimas. Hay mujeres que llevan la pena trabajando la tierra y hombres que necesitan llorar y contarlo. Ninguno está haciendo nada raro.
Doka suele contar la historia de un profesor que tenía la escultura como afición. Su hijo, muy esperado, nació muerto. Cada tarde su mujer volvía del trabajo, subía al dormitorio y lloraba. Él, mientras tanto, trabajaba un bloque de granito para hacerle a su hijo la lápida perfecta. Tallar esa piedra era su manera de llorarlo, aunque al principio ni él mismo lo viera así.
El duelo instrumental se reconoce en gestos como estos:
Durante mucho tiempo se dio por hecho que quien no lloraba se estaba guardando el dolor y que tarde o temprano le estallaría. En 1989, las psicólogas Camille Wortman y Roxane Cohen Silver revisaron varias ideas muy extendidas: que tras una pérdida la depresión es inevitable, que quien no muestra angustia tiene un problema y que el dolor solo se supera si se trabaja a fondo. Los estudios que había entonces no las apoyaban, y algunos decían lo contrario. Para quien lo necesita, llorar alivia; para quien no, no hace falta forzarlo.
Eso no quiere decir que todo dé igual. Doka y Martin describen también a quienes sienten la pena de un modo y se obligan a expresarla de otro: el hombre que necesitaría llorar y se lo prohíbe porque cree que le toca ser el fuerte, o la mujer que se siente fría porque no llora como esperan los demás. A ese desajuste lo llaman duelo disonante, y suele ser el que más pesa, porque se lleva a escondidas incluso de uno mismo.
Doka cuenta el caso de un hombre que se emocionaba con facilidad ante otras pérdidas, pero que tras la muerte de su hija pequeña retiró todas sus fotos para no derrumbarse, y eso le enfrentó con su mujer. Poco a poco encontró una salida: de vuelta del trabajo, en el coche, ponía una canción que le recordaba a ella y lloraba. Con el tiempo pudo hablar de su hija también en casa.
Las diferencias se notan sobre todo dentro de la familia. Una pareja que pierde a un hijo, unos hermanos que pierden a su madre: cada uno espera que el otro lo viva como él, y lo distinto se lee como frialdad o como exageración. Algunas ideas que ayudan a entenderse:
Si lo tuyo es hacer, puede ayudarte elegir tareas con sentido, de esas que dejan pensar en esa persona mientras se hacen, y reservar también algún rato para parar: el cansancio del duelo se acumula aunque no se vea. Si lo tuyo es sentir y contarlo, te hará bien encontrar a alguien que sepa escuchar sin prisa, y las lágrimas no necesitan disculpa. Y si estás en medio, que es lo más frecuente, puedes seguir lo que te pida cada día.
Ningún estilo es mejor, y los dos pueden atascarse. Hacer sin descanso puede convertirse en una manera de no pararse nunca a pensar en lo que ha pasado; llorar a todas horas durante mucho tiempo puede ser señal de que la pena se ha quedado estancada. Si con los meses no notas ningún alivio, si dejas de comer o de dormir, o si te cuesta encontrarle sentido a seguir, habla con tu médico o con un profesional. Puedes hablar con una persona en el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, a cualquier hora. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito y te atienden las 24 horas.
Si las palabras no salen, puedes contar un gesto. Una estrella por un ser querido que ya no está admite también eso: «Hoy he regado sus geranios». Quien la lea la acompañará con una frase de recuerdo, sin pedirte más.