Un universo compartido › Blog › La paciencia también se aprende · English
La paciencia se puede aprender: en un estudio de la psicóloga Sarah Schnitker, un programa de entrenamiento hizo a las personas más pacientes y les mejoró el ánimo. Empieza por nombrar la prisa, mirar la situación desde otro lado y recordar para qué esperas. Solemos pensar en la paciencia como una forma de aguantar. Schnitker la describe de otra manera: la tendencia a esperar con calma ante la frustración o la adversidad.
En un trabajo publicado en 2012, Schnitker distingue tres: la paciencia con las personas, la paciencia con las grandes dificultades de la vida (una enfermedad, un paro largo) y la paciencia con los fastidios de cada día, como un atasco o una cola. No siempre van juntas: se puede tener mucha con los hijos y muy poca con el tráfico.
Para medirlas creó una escala con esas tres partes, y vio que cada una se relaciona de manera distinta con el bienestar y con la forma de ser de cada persona. Con las personas, la paciencia se nota en no interrumpir o en repetir algo sin enfado. Con las grandes dificultades, en seguir adelante día a día sin saber cuándo acabarán. Con los fastidios, en no dejar que un contratiempo pequeño estropee la tarde. Conocer cuál de las tres te cuesta más ya ayuda a saber por dónde empezar.
En el mismo trabajo, Schnitker pidió a los participantes que valoraran diez metas personales en muchos aspectos: cuánto esfuerzo ponían, cuánto avanzaban, cuánta satisfacción les daban. Las personas más pacientes avanzaban mejor en sus metas y quedaban más satisfechas al lograrlas, sobre todo cuando por el camino había obstáculos.
La paciencia no es pasividad: es lo que permite seguir cuando el resultado tarda. Las metas que importan casi nunca avanzan en línea recta, y quien no se desanima con la primera dificultad sigue dando pasos cuando sería fácil dejarlo.
En un tercer estudio, un grupo siguió un programa pensado para aumentar la paciencia y otro no. Comparado con el grupo que no lo hizo, el que participó se volvió más paciente, tuvo menos síntomas de ánimo bajo y más emociones positivas. Schnitker concluye que la paciencia es algo que puede cambiar.
Conviene tomarlo con prudencia: es un solo estudio y su resumen no detalla cuántas personas participaron. Pero coincide con algo que todos hemos visto: la paciencia crece cuando se practica en lo pequeño.
Schnitker y Robert Emmons recordaban en un trabajo de 2007 que las tradiciones cristiana, judía, islámica e hindú la tienen por una virtud. Personas de culturas muy distintas han visto en ella una manera de vivir mejor la espera, mucho antes de que la psicología empezara a medirla.
Hoy casi todo pide respuestas inmediatas. Cultivar la paciencia ayuda a recuperar algo que a veces se pierde con tanta prisa: la capacidad de dejar que las cosas lleven su tiempo, y de estar bien mientras tanto.
Si lo que pone a prueba tu paciencia es no saber cómo acabará algo, quizá te ayude leer sobre el miedo a la incertidumbre.
Hay esperas que no se miden en minutos, sino en meses: un diagnóstico, un tratamiento, una respuesta que no llega. Ahí la paciencia no consiste en dejar de sentir prisa o miedo, sino en no quedarse sin fuerzas. Ayuda partir el tiempo en trozos (esta semana, este día), cuidar el sueño y la comida, y no esperar sin compañía.
Para la espera de una noticia concreta, hay ideas en cómo sobrellevar la espera de una noticia importante.
Si estás esperando algo que tarda, puedes encender una estrella en Un universo compartido con «Lo que espero». Otras personas la acompañarán contigo.
Cada estrella brilla siete días. Si la espera sigue, puedes volver a encenderla y mantenerla otros siete, y contar cómo va.