Un universo compartido › Blog › Imaginar que no lo tienes · English
En ¡Qué bello es vivir!, la película de Frank Capra de 1946, un ángel le enseña a George Bailey cómo sería su pueblo si él no hubiera nacido. Cuando regresa a su vida de siempre, la mira con otros ojos. Más de sesenta años después, unos psicólogos quisieron saber si esa escena funciona también fuera del cine.
Lo bueno que llega a tu vida emociona mucho al principio y, con el tiempo, se vuelve parte del día a día. La casa que tanto costó, la persona con la que compartes la mesa, el trabajo que un día celebraste. No dejan de importar, pero dejan de sorprender, y lo que no sorprende apenas se nota.
La psicología lleva décadas estudiando esta tendencia a acostumbrarnos a lo bueno. El ejercicio de este artículo es una manera de darle la vuelta: no añade nada nuevo a tu vida, te invita a mirar de otra forma lo que ya está.
Minkyung Koo y Timothy Wilson, de la Universidad de Virginia, Sara Algoe, de la Universidad de Carolina del Norte, y Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard, pidieron a un grupo de estudiantes que eligieran algo bueno de su vida: un logro, una amistad, una oportunidad que les había llegado. Después les dieron una de dos tareas por escrito.
Quienes imaginaron la ausencia terminaron el ejercicio de mejor humor: decían sentirse más contentos y con más emociones agradables que los del otro grupo y que quienes no habían escrito nada. Curiosamente, no se declararon mucho más agradecidos que los demás. Lo que cambiaba era el ánimo en general. Los autores titularon su trabajo con el nombre de la película.
Lo más llamativo vino después. Los investigadores describieron los dos ejercicios a otros estudiantes y les preguntaron cuál les haría sentir mejor. No supieron verlo: pensaban que los dos ayudarían por igual y, si acaso, que recordar cómo llegó lo bueno sentaría mejor que imaginar que nunca llegó.
Luego lo probaron con parejas. Esta vez participaron 88 personas, entre trabajadores de la universidad y gente que respondió por internet, todas con al menos cinco años de relación, casi catorce de media. Durante quince o veinte minutos, unas escribieron cómo conocieron a su pareja y otras de qué maneras podrían no haberla conocido nunca. Las segundas acabaron más satisfechas con su relación.
Cuando preguntaron a otro grupo qué ejercicio preferiría hacer, casi todos eligieron contar cómo se conocieron. Es una historia bonita y apetece contarla. Pero no fue la que más movió por dentro.
Los autores lo explican con la sorpresa. Cuando piensas en cómo llegó algo, encuentras razones y todo parece lógico, casi inevitable. Cuando piensas en lo fácil que habría sido que no llegara, vuelve a parecer un regalo inesperado, y lo inesperado emociona más.
El estudio tiene sus límites, y los propios autores los señalan: los efectos fueron modestos, se midieron justo después de escribir una sola vez y la mayoría de los participantes eran estudiantes.
Hay una diferencia importante entre este ejercicio y otro que se le parece. Imaginar que algo nunca llegó a tu vida no es lo mismo que imaginar que mañana lo pierdes. Lo primero es lo que se estudió en 2008. Lo segundo es otra cosa y puede despertar miedo, sobre todo en quien ya tiende a preocuparse.
Otra investigación llega a una idea cercana por un camino distinto. En 2008, Jaime Kurtz, del Pomona College, en California, pidió a estudiantes a los que les quedaban seis semanas para terminar la carrera que escribieran durante dos semanas sobre su vida universitaria. A unos les presentó la graduación como algo muy próximo y a otros como algo todavía lejano. Los primeros aprovecharon más esas semanas, hicieron más planes propios de la universidad y se sintieron mejor. Saber que algo no es para siempre puede ayudar a disfrutarlo mientras dura.
Lleva un cuarto de hora. En los estudios se hizo por escrito, y escribir obliga a concretar.
Después de escribirlo, hay quien siente ganas de decirle algo a esa persona o de cuidar un poco más lo que tiene. Si te pasa, puedes aprovecharlo.
Para probarlo, puede bastar con hacerlo de vez en cuando, por ejemplo una vez a la semana y con algo distinto cada vez. Repetirlo a diario con lo mismo corre el riesgo de convertirlo en una rutina que ya no sorprende, justo lo contrario de lo que se busca.
Este ejercicio no encaja en todos los momentos ni con todas las personas.
Lo que se busca es mirar con más cariño lo que tienes, no asustarte con la idea de perderlo. Si el ejercicio te deja con inquietud, puedes pararlo y volver a él otro día, o no volver.
Si el ejercicio te ha traído a la cabeza una amistad casual o una oportunidad que llegó a tiempo, dale las gracias con una estrella «Por alguien» y «Lo que agradezco». No hace falta poner nombres.